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Columna G80: Ramón Poblete : Pacto con la Concertación, bancarrota del Juntos Podemos
Columnas
2009-02-11
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Ramón Poblete
especial para G-80

Pacto con la Concertación, bancarrota del Juntos Podemos

El pacto parlamentario con la Concertación, la fracción seudoprogresista del bloque en el poder, significa la bancarrota política del Juntos Podemos como alternativa de izquierda. Para obtener algunos escaños en el Congreso, el bloque de izquierda se ha comprometido a un acuerdo de “gobernabilidad y paz social” que significará abandonar a los trabajadores y al pueblo en medio de la más aguda crisis del capitalismo de las últimas décadas. El horizonte político del Juntos Podemos se ha reducido a ser una fracción subordinada e insignificante del “discolismo” concertacionista.

En Octubre de 2007, cuando se mencionó por primera vez la posibilidad de un acuerdo por omisión municipal “contra la exclusión” por parte del PC, dijimos que tal negociación no tenía sentido sino como preludio de un futuro pacto parlamentario. Agregábamos que dicho arreglo representaba un paso más dentro del retroceso de las demandas democráticas de la izquierda (exigencia de una constitución democrática primero, fin del sistema binominal luego, adecuaciones al sistema binominal para otorgar cupos a las fuerzas que obtuvieran sobre el 5% a continuación). El tiempo ha terminado por darnos la razón.

Sólo en enero, la crisis capitalista significó que 150 mil trabajadores chilenos fueran despedidos, casi dos puntos porcentuales sobre la fuerza de trabajo total. La paralización de las obras del edificio Costanera Center se transformó en el símbolo de esta crisis, tal cual la quiebra de CRAV lo fue de la crisis de 1982. Todos los indicadores económicos apuntan a un deterioro mucho más acelerado y profundo de la economía nacional del que ha pronosticado el gobierno. El supuesto “blindaje” de la economía chilena ante la crisis internacional – anunciado con bombos y platillos por Velasco y Bachelet – ha resultado ser una mentira.

El gobierno –objetivamente centroderechista– de Michelle Bachelet ha buscado “blindarse” frente a la crisis convocando a la “unidad nacional”, para evitar ser afectado políticamente en el año de las elecciones. Para ello necesita mantener controlado al mundo social, para evitar que la crisis se transforme en descontento y éste en movilizaciones contra el modelo económico capitalista neoliberal.

En este contexto, el rol de la izquierda debiera ser buscar organizar y movilizar a los trabajadores y al pueblo contra el modelo, explicando a las amplias masas populares las razones de fondo, estructurales, de esta crisis y la imposibilidad de su solución en el contexto capitalista. A la vez, debiera buscar desnudar políticamente a la coalición gobernante –cabeza política del bloque en el poder– y avanzar en una alternativa política popular. En resumen, cuando las contradicciones objetivas del capitalismo se hacen patentes, el rol de la izquierda es avanzar en el factor subjetivo con conciencia, organización y lucha.

Exactamente en la dirección contraria se está moviendo Juntos Podemos. El pacto electoral de izquierda ha resuelto, con el acuerdo de sus tres partidos integrantes (Partido Comunista, Partido Humanista e Izquierda Cristiana), establecer negociaciones con la Concertación para acceder al parlamento en una lista conjunta con el oficialismo; a cambio, se ha comprometido a garantizar la “gobernabilidad y la paz social”, exigencia que fue planteada en la reunión de la Democracia Cristiana con el PC y de la que da cuenta el periódico del Partido Comunista (El Siglo, N° 1.438, 30 de enero 2009, p. 12) (1).

Lo anterior significa que ante el embate de lo peor de la crisis capitalista, los trabajadores serán abandonados por el Juntos Podemos y sus intereses subordinados a los intereses de sobrevivencia política de la alianza oficialista. Por supuesto que en la retórica de la izquierda esto no ocurrirá: el Juntos Podemos va a desplegar una campaña mediática hablando de tal o cual medida puntual para “aliviar” los efectos de la crisis sobre los trabajadores y el pueblo (medidas en las que estará de acuerdo el gobierno), pero donde brillarán por su ausencia tanto las medidas de carácter estructural como la denuncia del carácter neoliberal del gobierno y la Concertación.

En materia de movilizaciones, el “pacto” ya empieza a tener sus efectos, como queda de manifiesto en la transformación del Paro Nacional, que la CUT anunció a fines del año pasado estaba organizando para abril de este año, en una meliflua “jornada de movilización”. Durante todo este año veremos a los partidos del Juntos Podemos, en especial a aquéllos con mayor peso en el movimiento sindical y popular, intentando evitar que las luchas populares –a las que la profundidad de la crisis los obligará a convocar y participar– se transformen en movilizaciones políticas contra el gobierno. Inevitablemente se transformarán en guardianes políticos de la Concertación frente al movimiento social.

¿Por qué se produce este profundo giro a la derecha en el Juntos Podemos? Recordemos que hasta el año 2004, el pacto de izquierda se planteaba como alternativa a ambas fracciones del bloque dominante, la Alianza por Chile y la Concertación de Partidos por la Democracia, y denunciaba el carácter meramente episódico de sus controversias frente a la profundidad de sus acuerdos respecto de los aspectos centrales de la institucionalidad neoliberal.

El factor decisivo en este viraje es, por su peso político y por ser el partido que lideró y arrastró al resto a sus posiciones, el Partido Comunista. Desde el “paso táctico” de diciembre de 2005, cuando el PC llamó a votar en segunda vuelta por Michelle Bachelet a cambio de una plataforma de cinco puntos que nunca se cumplió, se ha ido profundizando este viraje político, primero a través de la transformación del PC en una suerte de miembro oficioso de la alianza de gobierno, luego por medio del “acuerdo por omisión municipal” y ahora por el pacto parlamentario.

El PC retorna así a su histórica debilidad por las alianzas políticas con la “burguesía progresista”. Desde mediados de los años 30 quedó incorporado en al ADN político del PC, bajo la concepción política de “revolución democrático burguesa”, la idea política central de que la totalidad o una parte significativa de la burguesía chilena jugaría un rol “progresista” y que, por lo tanto, uno de los ejes de su política de alianzas sería establecer una alianza estratégica con esta burguesía progresista.  

El Frente Popular, el Frente de Liberación Nacional y el Frente Antifascista fueron sucesivas encarnaciones, en distintos contextos, de dicha política. En los años 80 se relativizaría significativamente dicha concepción –lo que se expresó en la conformación del MDP– debido al viraje a la izquierda del PC con la Política de Rebelión Popular, al aislamiento a causa del exilio de los principales dirigentes reformistas de ese partido, encabezados por Luis Corvalán y Orlando Millas, y a lo fresco del recuerdo del golpe de 1973, cuando la “burguesía progresista” se sumó a la conspiración contra la Unidad Popular y fue uno de sus pilares.

En la medida que la autocrítica de 1977 del PC, el llamado “vacío histórico” sobre la cuestión del poder, no llegó a tocar a su causa de fondo, la concepción sobre la supuesta existencia de una burguesía progresista, ésta persistió en estado latente hasta que el fallecimiento en marzo del 2005 de Gladys Marín, la líder de la izquierda revolucionaria dentro del partido, allanó el camino para el retorno el gloria y majestad de dicha concepción (2).

El parlamento es visto en el PC como el lugar político privilegiado para la constitución de esa alianza con la burguesía progresista y de allí la importancia, rayana en la obsesión, con que ha asumido la tarea de incorporarse al parlamento a como dé lugar.

En el contexto del pacto parlamentario con la Concertación, la candidatura y el programa del Juntos Podemos necesariamente adoptan un lugar secundario, pues carece de toda credibilidad la idea de levantar una alternativa cuando se va en alianza con una de las fracciones del bloque en el poder. El candidato va a pasar a ser una especie de “niño símbolo del pacto”, muy lejos del perfil claramente diferenciado frente al duopolio del poder de las candidaturas de Gladys Marín (1999) y Tomás Hirsch (2005). El candidato ideal para ese bajo perfil político de la candidatura presidencial del Juntos Podemos tiene nombre: Jorge Arrate.

El discurso de Arrate es el de la ampliación de la Concertación y no el de la construcción de una alternativa a ella. Arrate jugó en los 80 el rol de sepulturero de la alianza histórica del PS y el PC y fue el promotor de la unidad política de la DC con el PS. Su “salida” del PS fue muy caballerosa y exenta de ruido (compárese, por ejemplo, con la salida del senador  Alejandro Navarro, que se llevó consigo a más de cien militantes y dirigentes del PS; de la fracción de Arrate, todos siguen militando en el PS), lo que es un comportamiento funcional a su discurso de ampliación de la Concertación. Arrate representa a aquéllos desencantados de la Concertación que, no obstante, son incapaces de rebasar el horizonte político de ésta.

Respecto del Partido Humanista, que fue el gran opositor al “paso táctico” de 2005, la inscripción de la Izquierda Cristiana como partido político, con apoyo del PC, le quitó la llave de negociación que tenía al ser el único partido legal con el que el PC podía formar el pacto “Juntos Podemos”. El riesgo de que el dúo PC-IC dejara el PH fuera dedicho pacto llevó a los humanistas a ser más “razonables”. Tomás Hirsch, el mismo que se opuso el 2005 al llamado a votar en segunda vuelta por la Concertación alegando la necesidad de ser “consecuente”, será uno de los beneficiados del pacto Concertación-Juntos Podemos.

La Izquierda Cristiana, por su parte, siempre ha aspirado a ser una bisagra entre la izquierda y la DC. En los años 80, formó parte del Bloque Socialista, que se ubicaba a medio camino entre la Alianza Democrática y el MDP. En los 90 formó parte de la Concertación y salió de ella cuando la DC, el PPD, el PS y el PRSD hegemonizaron y monopolizaron todos los espacios de influencia. Hoy aspira también a beneficiarse de un puesto en el parlamento.

En Octubre pasado pronosticábamos, a propósito de la candidatura presidencial de Guillermo Teillier, que el Juntos Podemos o bien no iba a llevar candidato en primera vuelta o iba a llevar una candidatura de bajo perfil. Si se impone la candidatura de Arrate, un mero saludo a la bandera, nuestro pronóstico, una vez más, se habrá cumplido.

Dentro de ese plan tan bien delineado del Juntos Podemos, la incógnita es la postura de Alejandro Navarro y el MAS (Movimiento Amplio Social). Al abandonar el PS, el grupo de Navarro tuvo la feliz idea de ampliarse a otros grupos más allá de los ex militantes socialistas. Con ex militantes de la Surda (encabezados por Alejandra Botinelli) y con el grupo Universidad Social, surgido en la Universidad de Chile bajo el liderazgo del ex militante de las JJCC Felipe Hazbún, dieron origen al MAS actual, que no es el MAS original (Movimiento Alternativa Socialista, fracción al interior del PS).

El MAS ha adquirido una dinámica insospechada y se ha convertido en un paraguas político para decenas de ex militantes de PS, el PC, el MIR y el rodriguismo. El anuncio de su decisión de llevar una lista parlamentaria a nivel nacional hizo temblar las conversaciones entre la Concertación y el Juntos Podemos.

La construcción de una alternativa de izquierda pasa por aunar tres factores indisolublemente ligados: un programa, una candidatura presidencial y una lista parlamentaria, alternativos y opuestos a ambas fracciones del bloque en el poder. La falla de cualquiera de ellos convierte a los otros dos en meras piezas retóricas.  

Una lista parlamentaria con la Concertación, convierte al programa y al candidato presidencial del Juntos Podemos en meros peleles, en papeles sin valor. Levantar una alternativa de izquierda es absolutamente antitético con ir en alianza parlamentaria con la Concertación. Avanzar en la democratización real del país (es decir, en el imperio absoluto de la soberanía popular) es antagónico con el blanqueo político de la Concertación que está llevando a cabo el Juntos Podemos.

La retórica del Juntos Podemos sobre situar a Chile en línea con la ola de gobiernos progresistas de la región latinoamericana se vuelve agua y sal si para ello se basa en una alianza con la Concertación (cuyos partidos apoyaron, matices más, matices menos, el golpe de estado contra Hugo Chávez el 2002). ¿Sería concebible la Revolución Bolivariana con el Movimiento V República aliado al COPEI y a Acción Democrática? ¿Es razonable pensar en el gobierno de Evo Morales aliado al PODEMOS de Quiroga?

El Juntos Podemos se halla en situación de bancarrota política. Con el pacto con la Concertación, ha dejado de ser una alternativa de izquierda y no puede pretender arrastrar a toda la izquierda a la cloaca donde ha decidido sumergirse. Los reclamos de los dirigentes del Juntos Podemos contra el MAS por la idea de levantar una lista alternativa al pacto Concertación-JP son absolutamente antidemocráticos. Las declaraciones de Teillier y Carmona, arguyendo el mejor derecho del PC a entrar al parlamento, no pueden comprometer a quienes no están de acuerdo con su estrategia para lograrlo.

Con el Juntos Podemos convertido en perrito faldero de la Concertación, el resto de la izquierda está obligado a construir una alternativa política real. Si el MAS confirma su voluntad política de contribuir a esa alternativa, será necesario apoyar ese espacio, que podría tener proyecciones más allá de la coyuntura electoral y que debe expresarse en un programa, una lista parlamentaria y un candidato presidencial (3).

En el extenso archipiélago de los grupos y colectivos de izquierda, campean la carencia de un programa político que represente la síntesis necesaria de las tareas democráticas y las tareas anticapitalistas, la falta de una estrategia política para llevarlo adelante y la ausencia de un instrumento político con la suficiente masa crítica para conducir esa estrategia.

No obstante lo anterior, es posible concordar una táctica para el período inmediato, basada en tres pilares: primero, impulsar la lucha de los trabajadores y el pueblo contra los efectos de la crisis, colocando en el centro la necesidad de una huelga general y radicalizando las movilizaciones a que se vea obligada a convocar la dirigencia de la CUT; segundo, apuntando políticamente las luchas contra la causa estructural de esta crisis, el capitalismo, y los guardianes políticos de éste, la Alianza y la Concertación; tercero, levantar una alternativa político electoral tanto al bloque en el poder (Alianza, Concertación) como al Juntos Podemos.

El año 2009 será tan decisivo políticamente como 1973 o 1988 y marcará las próximas décadas de la política chilena. El elemento clave hoy en día es si será posible o no levantar una alternativa de izquierda, con incidencia tanto en la lucha social contra los efectos de la crisis capitalista como en la lucha político electoral contra la Alianza y la Concertación. Si no se logra, el neoliberalismo habrá construido, mediante la cooptación del Juntos Podemos, un nuevo mecanismo de control político y social para mantener aherrojado al movimiento popular. La exclusión continuará para la mayoría.
 
1. Entrevistado en la edición siguiente de “El Siglo” (N° 1.439, 6 de febrero 2009, pp. 12-13), Guillermo Teillier, presidente del PC y precandidato presidencial de ese partido, ante la pregunta “¿Qué otros aspectos se abordaron en la reunión con la dirección de la Democracia Cristiana?”, olvida convenientemente mencionar el tema del pacto por “la gobernabilidad y la paz social”, señalado explícitamente por el presidente de la DC, Juan Carlos Latorre. Los psicólogos suelen atribuir este tipo de lapsus a los sentimientos de culpa.
2. Es significativo a este respecto que en el programa vigente del Partido Comunista, aprobado el año 2001, se considere como una de las fuerzas motrices de la revolución democrática a la “burguesía no monopolista”, que para todos los efectos prácticos es tratada como si fuera una clase social distinta de la “burguesía monopolista”.
3. Una situación análoga ocurrió con la candidatura presidencial de Allende en 1952, que hizo inviable un nuevo apoyo comunista a un candidato radical, tal cual tenía planeado el PC a mediados de 1951. Respecto de esto último, ver Manuel Loyola, “’Los destructores del Partido’: notas sobre el reinosismo en el Partido Comunista de Chile”, en http://www.izquierdas.cl/html/numero_2/Reinosismo.pdf.

Ramón Poblete
ramon.poblete.m@gmail.com

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