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Columna G80: Ramón Poblete : ¿Y si gana Frei?
Columnas
2009-01-05
3008 lecturas

Ramón Poblete
especial para G80

¿Y si gana Frei?

La interna concertacionista ya está clara: el ex presidente Eduardo Frei será el abanderado presidencial de la coalición oficialista. Es probable también que Frei sea nominado por aclamación (ver nota de redacción) y que las solemnemente prometidas “primarias” – ese invento estadounidense que tanto seduce a los acólitos de la democracia burguesa – no se efectúen. ¿Qué significaría un eventual gobierno de Frei? ¿Es cierto su reciente “giro progresista”?

Eduardo Frei dirigió entre 1994 y 2000 un gobierno de clara orientación neoliberal, que terminó cruzado por la “crisis asiática” y una caída del 0.9% del PIB en 1999. También fue el presidente que se encargó de salvar a Pinochet de la justicia española, para honrar los acuerdos de la transición chilena, que prometió impunidad para el dictador y su familia.

Para evaluar un escenario de triunfo de Frei, hay que distinguir dos planos distintos: en primer lugar, la situación de la concertación y lo que el conglomerado es capaz de ofrecer como proyecto político; segundo, el rol del propio Frei y su reciente “reinvención” política, marcada por un aparente giro a hacia posiciones “progresistas”.

El telón de fondo en que ocurre la política chilena arranca precisamente en 1999, con la crisis asiática, que reveló la profundidad de las desigualdades sociales que generaba el modelo neoliberal administrado por la Concertación y lo ilusorio del “crecimiento con equidad”. Desde entonces, se produjo un  viraje en el discurso de todos los actores políticos del bloque en el poder, que se desplazó desde el eje de la gobernabilidad y la política de los acuerdos hacia el eje de ofrecer alternativas a una población fuertemente despolitizada y crecientemente desencantada del sistema político.

La primera encarnación de ese nuevo eje lo constituyó la campaña de la Alianza y Joaquín Lavín en 1999, que llegó en una estrechísima votación a amagar las opciones de un sorprendidísimo Ricardo Lagos. El lema de “el cambio” que levantó Lavín sedujo a un porcentaje importante de los desencantados despolitizados.

El 2005 fue la oportunidad de Michelle Bachelet. Con una campaña basada en consignas claramente demagógicas (el “gobierno ciudadano” y “estoy contigo”), Bachelet logró reunir tras sí un informe anhelo de cambio que le llevó a ganar las elecciones presidenciales en dos vueltas, amagada por el sprint de Sebastián Piñera en la segunda mitad de 2005.

En ese escenario, se ha desarrollado y profundizado en los últimos años la crisis de la Concertación, cuyo discurso político central fue dar gobernabilidad al modelo por la vía de avanzar en grados importantes de equidad. Esa equidad quedaba subordinada, sin embargo, a los imperativos de la acumulación y al cabo de una década, la crisis asiática desveló no sólo ese carácter subordinado, sino sobre todo el profundo retroceso del país en materia de igualdad, con una distribución cada vez más regresiva del ingreso y una democracia claramente de utilería.

El decenio de los 90 mostró a los partidos concertacionistas transformarse en máquinas clientelistas que basaban su arraigo no en la organización popular en torno de determinados objetivos históricos (como ocurrió con la DC y el PS hasta 1973), sino en la distribución de prebendas basados en el control y captura del aparato estatal.

Esa captura del aparato estatal para fines clientelistas fue el contenido esencial de la llamada transición y del modelo de gobernabilidad chileno. La hegemonía del gran capital fue conquistada merced a un gigantesca operación de cooptación de los partidos de la oposición burguesa y sus cuadros. El circuito de cooptación se completó con el establecimiento de una especia de carrera burocrática cuya culminación ha sido el nombramiento en los directorios de las más grandes empresas del país.

Esa operación de cooptación configuró las máquinas internas que desde entonces se disputan el control del mecanismo prebendario. No hay polémica política desde entonces que no esté cruzada por la disputa de los puestos de control del aparato clientelista. Las sucesivas crisis políticas y el discolismo se explican en buen parte como fruto de esas pugnas.

La ruptura de Adolfo Zaldívar y su corriente (los “colorines”) al interior de la Democracia Cristiana es el producto de su confrontación  con el grupo de Gutemberg Martínez por el control de la distribución de cargos y puestos de influencia. Zaldívar resucitó un cierto discurso crítico hacia el modelo como recubrimiento ideológico de su disputa, pero la razón fundamental fue la lucha por el control de las prebendas.

El ascenso de Michelle Bachelet fue también el ascenso de un grupo de cuadros socialistas, encabezados por Camilo Escalona, que fue mantenido durante largos años al margen del manejo de las piezas claves del aparato estatal, en posiciones siempre secundarias. Escalona encerrado en una oscura oficina en el búnker de La Moneda bajo la administración de Lagos es el símbolo de esa marginación. El “gobierno ciudadano” fue nada más que el recubrimiento ideológico-propagandístico de dicho grupo que logró ascender en medio de un vacío de poder importante en las altas esferas concertacionistas.

¿Por qué, si existe una voluntad reformista, se mantiene a cargo de la política económica a un extremista de derecha como Andrés Velasco? Porque el grupo tras Bachelet, comandado por Escalona, está consciente de que la clave para mantenerse en el poder es el contar con el beneplácito del gran capital y porque su voluntad reformista es sólo un decorado necesario. No existe la contradicción.

El circuito de reproducción del mecanismo clientelista-prebendario presupone la necesidad de capturar al electorado por medio de promesas y discursos publicitarios, por una parte, y la concesión de granjerías localizadas y acotadas, por el otro. Dichas promesas y discursos publicitarios son siempre vagos y generales, pues el objetivo no es convocar a los ciudadanos a la acción política, sino sólo obtener sus votos para triunfar en la lucha por los puestos de influencia en una carrera que en definitiva busca servir a esos electores ocultos y decisivos que son los grandes empresarios. Por ello la Concertación no puede ni quiere ir más allá de los discursos democráticos tan altisonantes como vacíos de sustancia y voluntad política.

A partir de la crisis asiática, la distancia entre los discursos políticos y la realidad se ha tornado peligrosa para la reproducción del sistema político. La Concertación ha buscado adaptarse mediante una cierta radicalización discursiva y una demagogia desatada, de la que Michelle Bachelet es un ejemplo elocuente. Y Frei está listo para tomar el testimonio y continuar la posta.

Eduardo Frei Ruiz-Tagle es el prototipo del concertacionista pragmático que ha profitado del modelo neoliberal y que está dispuesto a pintarse del color que sea con tal de mantener las apariencias políticas que exige el sistema político chileno. Con la profundidad intelectual de un charco, este saltimbanqui político no se hace problemas en cambiar de ropaje según mejor estime que soplan los vientos.

Con el objetivo de reposicionarse políticamente y crear el espacio de maniobras necesario para derrotar en la interna democratacristiana a Soledad Alvear, la cabeza visible del poderoso aparato partidario dirigido por Gutemberg Martínez, adoptó una estrategia basada en dos pilares: primero, un posicionamiento público por medio de propuestas radicales, la más recordada de las cuales fue la estatización del Transantiago; segundo, explotar políticamente la muerte de su padre, el ex presidente Eduardo Frei Montalva, forzando la tesis sobre el asesinato político por parte de la dictadura.

Sus propuestas han sido nada más que fuegos artificiales. Un año después de proponer estatizar el Transantiago – y cuando ya empezaba a aparecer en las encuestas – adujo que el momento para ello ya había pasado. Su reciente propuesta de una nueva constitución, Asamblea Constituyente mediante, pronto fue siendo aclarada y se redujo a una serie de reformas a acordar al interior del Congreso entre la “clase política”, con el fin de evitar “los peligros de las Asambleas Constituyentes”.

Las propuestas han tenido el mérito – para Frei – de capturar la imaginación y los anhelos profundos de una izquierda siempre dispuesta a creer en último Vendedor de Veneno de Serpientes que le ofrece el bloque en el poder. Ocurrió con Lagos, ocurrió con Bachelet y ahora va a volver a ocurrir con Frei. La guaripola de los compradores de veneno de serpientes la tomó Guillermo Teillier, presidente del Partido Comunista, quien declaró que “Frei ha cambiado mucho”.  

En el mismo sentido apunta la campaña de Frei tendiente a que los tribunales acepten su tesis del homicidio político de su padre. La idea es blanquear a Frei Montalva, uno de los generales civiles del golpe que primero apoyó a la dictadura – su carta a Aldo Moro en 1974 negando las violaciones a los DDHH es concluyente – y luego, al no producirse el traspaso rápido de poder que esperaba, se convirtió en opositor. Se busca presentar a Frei Montalva como un opositor sin mácula contra la dictadura: por arte de birlibirloque, un ajuste de cuentas entre golpistas será presentado como el asesinato de un líder opositor y Frei Ruiz-Tagle pasará a integrar el grupo de los familiares de ejecutados políticos.

La campaña de Frei se ubica en las coordenadas políticas de una coalición que ha capturado el aparato estatal y que se basa en una relación clientelista con la población. Esa condición estructural no ha cambiado y no hay visos de que vaya a cambiar. No han aparecido sujetos sociales ligados a la Concertación que estén presionando por cambios –los sujetos sociales que han surgido en los últimos años lo han hecho en contra de los gobiernos concertacionistas– y tras Frei estarán las máquinas clientelistas temerosas de perder la fuente de su poder, la titularidad del poder ejecutivo. No hay por lo tanto ningún indicio, ninguna razón objetiva que empuje a la Concertación a hacer un gobierno distinto de los que ha hecho hasta ahora. Un triunfo de Frei va a ser más de lo mismo.

Tampoco hay razones para creer que la precariedad de la Concertación vaya a ser revertida. En la Democracia Cristiana, el coro altisonante de los “renovadores” que surgió tras la contundente derrota de dicho partido en las elecciones municipales, fue limpiamente despachado por la máquina de moler carne interna, que sigue bajo el control de Gutemberg Martínez. La desintegración el ex “bloque progresista” sigue su curso por la vía del torpedeo mutuo de sus precandidatos presidenciales –primero Escalona torpedeando a Lagos, ahora Auth torpedeando a Insulza–, profundizando un quiebre cuya dinámica, una vez más, está relacionada con las disputas de las máquinas clientelistas.

El escenario de un quinto gobierno concertacionista encabezado por Frei no será, en principio, distinto del escenario actual. La Concertación no tiene ni las fuerzas ni la voluntad para hacer algo distinto de lo que ya ha hecho.

La diferencia la pueden aportar, entonces, los actores sociales y políticos contrarios al modelo neoliberal. En este terreno, la situación no es para la complacencia, pues la incipiente reemergencia de las luchas populares ha ido acompañada de un retroceso de los actores políticos antisistémicos, en especial en la izquierda, que ha desempolvado sus viejas tesis frentepopulistas de conciliación de clases y retornado a la vieja compulsión reformista del parlamentarismo.

Un programa de transformaciones democráticas populares, una estrategia de confrontación y desestabilización de los pilares del modelo neoliberal, incluyendo la lucha frontal contra ambas fracciones del bloque en el poder y el desarrollo de un nuevo instrumento político, que no tema encabezar a los trabajadores y dispute la conducción del movimiento popular a los conciliadores y oportunistas, son las grandes tareas democráticas del próximo período.

Ramón Poblete
ramon.poblete.m@gmail.com

Nota de www.g80.cl esta columna fue escrita antes que el "Panzer" José Miguel Insulza bajara oficialmente su precandidatura.

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