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Columna G80: Ramón Poblete : ¿Keynesiano? No, gracias
Columnas
2009-01-04
2915 lecturas

Ramón Poblete
especial para G80

¿Keynesiano? No, gracias

Miradas las cosas con la suficiente superficialidad, siempre es posible encontrar parentescos que no son y demostrar filiaciones que no existen. Siempre es posible decir que los delfines son peces y que los murciélagos son aves. Que los bolcheviques fueron jacobinos y que John Maynard Keynes es casi Marx.

Manuel Riesco, el conocido economista de izquierda y principal autoridad en materia de previsión social del campo antineoliberal chileno, nos ha insinuado recientemente esa cuasi filiación de Marx y Keynes, nombrado este último como “el más grande crítico de la economía clásica después de Marx” (Ver "Somos todos Keynesianos"). ¿Qué es lo que hay que ocultar para hacer plausible esa similitud? ¿Qué es lo que hay que exagerar? ¿A qué propósito político obedece? ¿Cuál es el contexto político y social?

El propio Keynes no estaría de acuerdo con ese acercamiento. Refiriéndose a “El Capital”, la principal obre de Marx, el economista británico sostenía que era “un libro de economía completamente anticuado, que no sólo resulta científicamente falso, sino que además carece de interés y de aplicación en el mundo moderno”.

Marx no tuvo el gusto de conocer a Keynes, pero un conocimiento somero de la obra del pensador alemán nos muestra que la cercanía sugerida por Riesco no existe y que la relación, tal como reconocía Keynes, es de antagonismo.  

La operación político-ideológica de Riesco consta de dos movimientos complementarios: en primer lugar, reducir la diferencia entre Marx y Keynes por la vía de mutilar a Marx de sus contenidos esenciales; segundo, exagerar las diferencias de Keynes con la escuela neoclásica.

No es la primera vez que Riesco tergiversa en cuestiones esenciales a Marx para presentar sus propias concepciones como perteneciendo al filósofo de Tréveris. Hace algún tiempo (ver “El Capital, el conejo y el sombrero”) vimos como deformaba el concepto de acumulación originaria de Marx con tal de llevar agua al molino de sus tesis políticas sobre la vitalidad y salud del capitalismo por la vía del “perpetuum mobile” de una acumulación originaria ad eternum, convirtiéndose el proceso histórico de formación de las premisas del capitalismo de Marx en la vulgar transformación de campesinos en asalariados de Riesco.

En esta ocasión, a partir de semejanzas formales en la interpretación de la crisis, Riesco construye un Marx “keynesiano”. Riesco nos dice del delfín: “miren, tiene aletas, nada y vive en el agua, es un pez”; de Marx: “miren, también reconoce que la crisis se debe al subconsumo de las empresas, es un keynesiano”.

Como somos algo desconfiados, tomamos al pez y al delfín y los diseccionamos. Encontramos, en el caso del pez, agallas, sistema reproductor ovíparo, cerebro de pez y todas las características de la clase pez; en el delfín encontramos pulmones, sistema reproductor vivíparo, cerebro de mamífero y todas las características de la clase mamífera.

En nuestra mesa de disección ideológica ponemos a Keynes y a Marx. En el Keynes encontramos un economista burgués que piensa que el capitalismo es el único modo de producción y que el Estado es una especie de deux est machina que debe usarse para corregir los problemas reales de la economía capitalista. En Marx, encontramos al pensador revolucionario cuyo objetivo fue terminar con el capitalismo y construir una sociedad socialista y para quien el Estado es un aparato de dominación de clase y postuló la consecuente necesidad de la dictadura del proletariado para reemplazar la dictadura de la burguesía.

Keynes se mantiene en el marco de las categorías económicas básicas del pensamiento burgués, como precio, tasa de ganancia, etc. Sus agregados económicos se basan precisamente en esas categorías y su concepción de eficiencia marginal del capital, central en su explicación de la crisis, es tributaria de las concepciones marginalistas de su mentor en Cambridge, Alfred Marshall, una de las deidades mayores del panteón del pensamiento neoclásico. Para Marx, las categorías económicas burguesas remiten a relaciones sociales entre explotadores y explotados y aquéllas son la expresión fenoménica de éstas. La crisis para Marx, es en definitiva producto de la contradicción entre el carácter social que han alcanzado las fuerzas productivas y la forma capitalista, privada, de la apropiación del producto.

Keynes no fue un rupturista respecto del pensamiento neoclásico, sino un reformador, un neoclásico heterodoxo que fue lo suficientemente pragmático como para dejar de lado ciertos dogmas para pensar la economía capitalista en tiempos de crisis estructural. El pensamiento neoclásico ortodoxo proponía que no podían existir desequilibrios estructurales, pues el sistema produce automáticamente su propio equilibrio –la llamada Ley de Say–; en buenas cuentas, no podían existir ni las crisis ni el paro forzoso. A principios de los años 30, con la hecatombe desatada en 1929 y sus consecuencias de depresión económica y millones de trabajadores cesantes, ya no era posible seguir sosteniendo ese dogma. El mérito de Keynes consistió en dejarlo de lado.

Si seguimos a Marx, las ideologías, incluyendo las ideologías económicas, no las podemos entender sólo en el espacio cerrado de su propia idealidad, ni siquiera en el de una ciencia como la ciencia económica. Toda ideología es el momento ideal de la determinada praxis histórica de un determinado grupo social. No hay ciencia económica burguesa sin una burguesía que vive en lucha con los trabajadores asalariados por extender los límites de la explotación y la acumulación capitalista. La ciencia económica burguesa es la conciencia de la burguesía en el terreno económico. Como expresión de una voluntad histórica, la ciencia no es solo “explicativa” sino también “normativa”: no busca sólo decir cómo funcionan las cosas sino también establecer cómo debieran funcionar.

El rol histórico del pensamiento neoclásico, surgido en la segunda mitad del siglo XIX, fue el convertirse en la conciencia teórica del capitalismo monopolista en ascenso y portavoz político de sus fracciones más agresivas, como el capital financiero. El surgimiento del keynesianismo, a su vez, se explica no sólo por los fenómenos de la esfera económica, sino sobre todo por el desafío que supuso la Revolución de Octubre al orden capitalista. Después de todo, el capitalismo ya había vivido crisis anteriormente y los trabajadores ya habían sufrido la cesantía masiva correspondiente, sin que los economistas burgueses se vieran obligados a reformar sus axiomas básicos. Pero 1929 fue diferente porque la clase obrera se instaló como actor político capaz de desafiar el orden burgués: ya no era una opción incorporar la depresión y el paro forzoso a la reflexión económica, era un imperativo de supervivencia.

En el debate entre la Iglesia y Galileo (o entre la Iglesia y Copérnico), los teólogos no defendían tanto una explicación del mundo (si era el sol o la tierra el centro del Universo) como una norma (la Iglesia tiene la razón). Al hacerlo, defendían un orden social cuya legitimidad se basaba en la infalibilidad de una autoridad divina de quien emanaba el poder de los reyes, de quienes emanaba a su vez el poder de los señores feudales y, por lo tanto, todo el edificio social del Medioevo europeo.

Riesco no ve en el neoliberalismo sino una ideología económica extremista basada en supuestos falsos. Por el contrario, esos supuestos han resultado ser “performativos”, desde los años 70. Han expresado la voluntad del gran capital de revertir las concesiones políticas económicas y sociales que por su propia supervivencia se vio obligado a efectuar a los trabajadores desde los años 30. Por ello el neoliberalismo no está derrotado, pues la crisis global no ha sido acompañada hasta ahora de un desafío político histórico por parte de los sectores dominados. En consecuencia, los de Riesco no pasan de ser deseos píos.

La tendencia a la conciliación teórica con los representantes “progresistas” de la burguesía es parte del programa político que Riesco inició a principios de los 90, cuando formuló sus tesis sobre los “jacobinos”. Hoy se inscribe en el contexto de un profundo giro a la derecha de la izquierda chilena, cuando se está estableciendo, bajo la cobertura de “la urgencia de terminar con la exclusión”, una política de alianza de largo aliento con la fracción liberal de la burguesía.

El de Riesco no es un intento aislado. Hace pocos meses Luis Corvalán lanzó su libro “Los comunistas y la Democracia”, donde el ex secretario general del Partido Comunista intenta armar un dossier de buen comportamiento del Partido Comunista destinado a “fundamentar” la lucha contra la exclusión.

La izquierda radical no está en el carro de la conciliación con la fracción liberal de la burguesía y por lo tanto rechazamos con cortesía, pero con mucha firmeza, la invitación de Riesco a subirnos todos al carro del keynesianismo. En la lucha contra el neoliberalismo, las cuentas claras ideológicas conservan la amistad.

Ramón Poblete
ramon.poblete.m@gmail.com

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