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Columna G80: Ramón Poblete : ¿Y si gana Piñera?
Columnas
2009-01-02
3166 lecturas

Ramón Poblete
especial para G80

¿Y si gana Piñera?

Nunca ha sido tan fuerte la sensación de que la Alianza está cerca de ganar las elecciones presidenciales. En 1999, previo a las elecciones dicha sensación no existía, aunque finalmente la llegada entre Lagos y Lavín fue estrechísima. El 2005, las perspectivas de Lavín se habían hundido un año antes, tras las elecciones municipales del 2004. ¿Cuál sería el escenario si llega a ganar Sebastián Piñera? ¿Se terminarían los espacios democráticos existentes bajo los gobiernos concertacionistas? Más importante aún, ¿existen esos supuestos espacios democráticos?

Hacer pronósticos políticos es tan arriesgado como pronosticar el clima. En ambos casos, la naturaleza caótica de los fenómenos bajo escrutinio no permite sino márgenes muy acotados de certeza. Sebastián Piñera, hoy abanderado oficial de la Alianza por Chile, tiene las mejores posibilidades pero su victoria no es cierta. Sin embargo, es necesario prever al menos los rasgos generales de un escenario en que la Alianza triunfe.

Un primer enfoque analítico es la visión que existe en los partidos de la Concertación: la derecha en Chile tiene casi todo el poder; la Concertación tiene sólo el Poder Ejecutivo. Si gana Piñera, la derecha habrá conquistado la totalidad del poder, una situación que sólo se dio bajo la dictadura. En esta visión, el poder político sería algo así como un enorme pastel, con un avaro y egoísta niño rico que se lo quiere comer todo, mientras que lo justo sería que el pastel fuera repartido equitativamente entre todos.

Ese enfoque, ciertamente muy útil para los miles de funcionarios concertacionistas que constituyen los cabos y sargentos de la coalición y que fuera del aparato público podrían aspirar a lo más a ganar un 20% de sus actuales remuneraciones (y que por lo mismo se imaginan un triunfo de Piñera como un “retorno a la dictadura”), no sirve sin embargo como base para una política de izquierda – de la izquierda de verdad, aclaremos –, que aspira a representar a los trabajadores y a terminar con la explotación capitalista.  

El problema central de la visión señalada es que omite las determinaciones de clase estructurales del Estado neoliberal fundado por la dictadura y es incapaz, por lo tanto, de dar cuenta de la continuidad esencial entre las etapas de 1973-1990 y 1990-2008, que forman parte de un único proceso de restauración capitalista. Para un análisis que nos permita comprender los escenarios que pueden abrirse con el triunfo de Piñera, necesariamente debemos partir de un enfoque estructural e histórico que se asiente sobre los conflictos de clase de la sociedad chilena, que nos ilumine sobre la naturaleza de la “obra fundacional” de la dictadura y del sistema institucional que emergió tras ella.

En una columna anterior, señalábamos que el 11 de septiembre de 1973 y el 5 de octubre de 1988 “se nos revelan como dos actos complementarios de un único proceso de restauración capitalista y construcción de una nueva hegemonía política, social y económica del gran capital en Chile. El mitificado triunfo del No se convirtió en la cortina de humo que permitió ocultar lo esencial, el término del período de excepción 1973-1988 y el comienzo de la vigencia institucional plena del proyecto de restauración que EEUU, la derecha y la Democracia Cristiana iniciaron el 11 de septiembre, al que se sumó en 1988 el partido del presidente Allende” (La izquierda y el once, 35 años después).

El triunfo del No en el plebiscito de 1988 y el posterior ascenso de los gobiernos concertacionistas no sólo no significaron el fin de la dictadura, sino que, por el contrario, constituyen el inicio de la consumación de su proyecto refundacional. Desafiada la dominación capitalista en Chile durante la Unidad Popular, la respuesta de la burguesía chilena fue una radical reorganización económica, social y política que tuvo dos momentos complementarios: el primer momento de la coerción y la fuerza, destinado a barrer cualquier capacidad de resistencia de los trabajadores y el pueblo para reorganizar con absoluta libertad la sociedad chilena; el segundo momento, de vigencia plena de la institucionalidad dictatorial, legitimada por las propias fuerzas opositoras a la dictadura, con exclusión de quienes fueron los opositores de fondo al proyecto refundacional.

La legitimación del diseño institucional ideado por Jaime Guzmán constituye, sin ningún género de dudas, el mayor triunfo de la burguesía chilena en el siglo XX. Respecto de ello, quien iba a encabezar políticamente el gobierno resultaba secundario, si se había establecido un sólido acuerdo sobre las bases institucionales: un capitalismo dependiente basado en las exportaciones y un sistema político basado en grandes acuerdos al interior de la burguesía y sus distintas fracciones, que evitara la irrupción de sujetos populares con un proyecto de transformaciones radicales.

Un eventual triunfo de Piñera y la Alianza no va a significar, por lo tanto, una vuelta a la dictadura. La burguesía no va a echar por la borda su mayor logro histórico, la legitimación de su nuevo modelo de acumulación y toda la institucionalidad subyacente.  

Un gobierno de Piñera entraría en la misma red de pactos y acuerdos al interior del bloque Alianza-Concertación que hemos vivido en estos últimos dieciocho años, sobre todo considerando que lo más probable es que, de ganar, tenga minoría parlamentaria. En la remotísima posibilidad de que ganara también en el Congreso, los quórums constitucionales establecidos en la Constitución Pinochet-Lagos obligarían a la Alianza, de todas maneras, a cogobernar con la Concertación.

El triunfo de la burguesía consiste precisamente en obligar, por medio de la Constitución Pinochet-Lagos, al cogobierno, un cogobierno en que siempre están garantizados sus intereses. El ejemplo más patente lo hemos visto en el acuerdo político en torno de la Ley General de Educación, LGE. El pastel ya está asignado al avaro y egoísta niño rico y lo que se elige periódicamente es quien hará el papel del garzón que le llevará los cubiertos.

Los supuestos espacios democráticos no son más que el espacio político contemplado en la institucionalidad pinochetista para dar margen de maniobra a las distintas fracciones del bloque en el poder para que alcancen los acuerdos políticos necesarios para la reproducción del sistema político y la protección de los intereses de largo plazo de la acumulación capitalista.

Esta cuestión, absolutamente esencial, por desgracia ha sido abandonada en la reflexión política de la izquierda. En la penúltima editorial de “El Siglo”, Francisco Herreros sostiene la visión concertacionista: “Si Piñera se terciara la banda presidencial, significaría que la derecha obtendría la suma del poder de una manera que sólo resistiría parangón con la dictadura”.  

El Partido Comunista sacó de su lista de prioridades la construcción de una alternativa de izquierda y concentra sus esfuerzos en integrarse al club de la clase política, por la vía de obtener un par de puestos en el parlamento. En sus tratativas con la Concertación por un acuerdo parlamentario, el PC ha relegado a un lugar secundario a sus “aliados” del Juntos Podemos, lo que es una clara indicación de las prioridades de su política de alianzas.

Las negociaciones casi con seguridad tendrán éxito en instalar a Guillermo Teillier y Lautaro Carmona en el Congreso, poniendo fin a la “exclusión” del PC. Ello constituirá un triunfo táctico para el Partido Comunista y una derrota estratégica para la izquierda, los trabajadores y el pueblo. La construcción de una alternativa política verdaderamente democrática y popular se retrasará un largo tiempo. La vía política que está abriendo el PC es una vía muerta, pero parecerá gozar de vitalidad y salud durante algunos años.

Un análisis comparativo puede sernos útil. Entre 1988 y 1990 se produjo una gigantesca operación política de cooptación de la burguesía opositora que le permitió integrarse al aparato estatal a condición de abandonar un muy mínimo programa democrático. Los cuadros concertacionistas no sólo se integraron bien, sino que se transformaron en los mejores administradores del modelo que la burguesía pudo encontrar. Los empresarios aplaudiendo de pie a Ricardo Lagos en la última ENADE de su mandato grafican muy bien lo “exitoso” de la alianza establecida a partir de 1990.

La incorporación de un par de parlamentarios comunistas, y con ellos del PC, será relativamente indolora para el modelo neoliberal. Su peso político no será diferente al que tiene hoy la variopinta fauna de díscolos que habita minoritariamente el Congreso. Como uno de los ejes sobre los que se asienta el modelo neoliberal es el supuesto antagonismo entre Alianza y Concertación, al alinear su política con ese eje el PC contribuirá a perpetuar el sistema político.

La justificación político-ideológica de la maniobra es muy precaria. Comparada con la elaboración teórica que precedió el matrimonio del pinochetismo con la oposición burguesa en 1990 –bástenos pensar en la copiosa producción que acompañó la llamada “renovación socialista”–, la política del Partido Comunista es intelectualmente pobre. Poco más que una serie de lugares comunes y consignas de pasadas de moda hilvanados como una especie de patchwork político, su objetivo no es analizar la realidad política, económica y social para transformarla, sino que es el intento de elaborar una justificación a posteriori de inserción en un sistema político que se ha renunciado a cambiar en sus aspectos sustanciales.

El Partido Comunista está recorriendo el camino que desde 1987 recorrió la fracción almeydista del Partido Socialista y que al cabo de dos décadas la transformó en una fracción burocrática y clientelista desentendida de cualquier idea de transformación social. La lista única parlamentaria entre el PC y la Concertación será el primer acto de un camino que necesariamente va a llevar a un destino similar al de los socialistas.  

Con el “triunfo” de la obtención de un par de escaños parlamentarios, la cúpula que dirige al PC verá fortalecido su ascendiente político dentro del aparato partidario. La política del PC empezará a girar en torno de su mini grupo parlamentario y quedará constreñida, a futuro, a los acuerdos que pueda alcanzar con las distintas fracciones burguesas. La mayoría de la militancia quedará encorsetada entre esa “realpolitik” y la nostalgia de los pasados años de gloria y vivirá de la ilusión de que en algún instante del porvenir, por fin, se den las “condiciones objetivas” para hacer la política para la cual fue fundado el Partido en 1922.

En ese escenario, una eventual victoria de Piñera va a acelerar los procesos de decantación política que ya están en curso. La Concertación sufrirá un cataclismo que puede terminar por romperla y desintegrar a sus partidos, de manera similar a la forma en que se desintegraron la DC y el PS en Italia con el ascenso de Berlusconi. Ese sería un escenario propicio para el proyecto laguista de hacer de la Concertación un único partido “progresista”, equivalente al Partido Demócrata en EEUU.  

En segundo lugar, de la mano de una agudización de la lucha social, acelerará la conformación de fuerzas críticas al sistema neoliberal y por esta vía contribuirá a acumular la masa crítica necesaria – aunque no suficiente – para el surgimiento de una nueva izquierda que supere el agotamiento de sus expresiones históricas.  

Los trabajadores y el pueblo no van a entrar en pánico por la posibilidad del triunfo de Piñera, pues comprenden hace rato, en carne propia, que la Concertación lleva largos años realizando la política de la derecha, como lo prueba la represión indiscriminada contra mapuches y estudiantes y el acuerdo en torno de la LGE. Cuando se está en un callejón sin salida, la única posibilidad de seguir adelante es echar primero la marcha atrás. Piñera deberá ser enfrentado en las calles tras el 11 de marzo del 2010, no antes.

Ramón Poblete
ramon.poblete.m@gmail.com

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