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Noticias G80: DESPEDIDA A JUAN CARLOS DÁVILA LEÓN 'EL SOTO' :
Noticias
2008-05-08
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En el Valparaíso de sus amores, Mayo 6 de 2008
DESPEDIDA A JUAN CARLOS DÁVILA LEÓN 'EL SOTO'

En la misa de despedida de Juan Carlos Dávila, participaron unos 300 amigos, la mayoría Gochenteros, unos 150 lo acompañaron hasta el cementerio de Playa Ancha. Reproducimos las palabras de Igor Goicovic leídas en el funeral y unos versos del Poeta Moro.

COMPAÑEROS, CLARAMENTE, LO QUE NO MATO LA DICTADURA LO MATO LA DEMOCRACIA.

LO DECIA NICANOR,.... ANTES ANDABAMOS DE TUMBO EN TUMBO, AHORA ANDAMOS DE TUMBA EN TUMBA.

AQUÍ SE QUEDA PARTE DE MI HERMANO, DE MI AMIGO, DE MI COMPAÑERO, DE MI SOCIO, DE MI COLEGA, EN REALIDAD UNA PARTE MINIMA, PORQUE LO QUE FUE MI COMPADRE, NO CABE EN ESTOS MADEROS MISERABLES.

SE PUEDE ABRAZAR TANTO LA VIDA COMO LA MUERTE, PARECE QUE SI, AL MENOS JUAN CARLOS DAVILA LEON, LE HIZO EMPEÑO.

UNA BALA Y UNA SONRISA NO SON LO MISMO, PERO HAY MOMENTOS EN QUE SE PARECEN.

NO SE DEBE CONFUNDIR VIVIR CON BEBER, PERO ESTAN TAN CERCA QUE UNO VA Y VIENE, ANDAMOS DE AQUÍ PARA ALLA, MANTENER UNA SOLA LINEA NO ES FACIL.

UN ABRAZO MENOS, UNA SONRISA MENOS, ESO ES LO INCONMESURBLE QUE NOS DEJA, ESE ES EL VACIO, EL HOYO NEGRO QUE QUEDA EN LA MESA DEL HOTEL NUBE.

DUELE Y COMO NO VA A DOLER ESTE BOFETÓN A NUESTRA VERSIÓN DE LA MISERIA DEL HOMBRE.

QUE SE AMA CUANDO SE AMA, QUE RESPONDAN LAS VIUDAS DESTE SORBA, LO QUE DIGO ES QUE SIEMPRE SOTO ESTUVO LISTO PARA FOTO.

DECIAMOS; SOMOS LOS QUE SOMOS LOS DEMAS SON PALOMOS Y ERA BELLA LA TARDE, ESA LUZ DE PRIMAVERA QUE NOS ENVOLVIA EN LA TERRAZA, AL BORDE DEL MAR, EN ESTE MARX QUE TRANQUILO NOS BAÑA.

ALGO DE ROQUE DALTON DE CORTAZAR DE GOYTISOLO DE SABINA, ALGO DEL NEGRO FARIAS DE LA PIAF, ALGO DE TODO, ALGO DE NADA Y EN ESO SE NOS FUE LA VIDA.

Y AQUÍ ESTAMOS AL BORDE DE TU TUMBA QUE ES COMO UN SIGNO DE INTERROGACIÓN.

COMPAÑERO, MAS TEMPRANO QUE TARDE VOLVEREMOS A ALZAR NUESTRAS COPAS, PORQUE AUNQUE UD. NO LO CREA VENCEREMOS

Poeta Moro
No es fácil despedir a Juan Carlos; de hecho nunca nada fue fácil en una relación con él.

No sólo porque nos embarga una profunda tristeza, sino que, además, porque una hagiografía no le viene muy bien al Soto.

Es más, si llegara a escuchar algo así se cagaría de la risa en nuestra cara y se preguntaría, con esa delicadeza que lo caracterizaba: «¿De que huevón están hablando?»

Pero también es necesario reconocer que no sólo tristeza tenemos en este momento; también tenemos mucha rabia.

En un principio me dio mucha rabia con Juan Carlos y quizá como muchos de ustedes me formule una serie de embroncadas interrogantes: ¿Cómo cresta se le ocurrió dejarnos a los 44 años? ¿Cómo mierda se le ocurrió matarse a pausas?, ¿Por qué cresta no fue disciplinado y riguroso con la serie interminable de tratamientos a los cuales lo arrastramos?, ¿Por qué mierda no cayó en uno de los tantos combates internacionalistas en los cuales participó?

Pero anoche, en el desvelo de tu ausencia, en una de tus horas favoritas (cerca de las 4 de la madrugada), se me vino a la mente una conversación que tuve ayer con María Edith. Ella me decía que tus dolores eran muy profundos y que se arrastraban desde hacía muchos años. Probablemente desde la muerte de tu madre, a la cual le dedicaste significadamente tu libro: Desmemorias de de piratas, guerrilleros, amantes y suicidas.

Si eso fue así la rabia retorna sobre nosotros mismos; sobre los más cercanos. Los que no supimos, no pudimos o sencillamente a los cuales no dejaste flaquear tu frontera del dolor.

Pero quizá, también, de eso se trataba. Conociéndote, como te conocimos, no habrías querido que en tu despedida nos reuniéramos a llorar lastimeramente sobre tu tumba: «Eso es de maricones», nos habrías espetado. Probablemente este escenario te resulta más digno: Tú familia, tus amigos, tus compañeros y camaradas del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, tus compañeras, acá muy cerca de ti, con pena, pero también con mucha bronca.

A comienzos de la década de 1990, los cientistas sociales latinoamericanos, acuñaron el eufemismo «La década perdida», para referirse a la década precedente. Sin duda no estaban pensando en ti, ni en muchos de los que nos encontramos en este lugar, cuando acuñaron dicha sentencia. No obstante, Dictadura de por medio, la década de 1980 fue, probablemente, una de las etapas históricas más ricas en vicisitudes y en construcción de utopías. Y ahí estabas tú. Despuntaba en esa época el Juan Carlos que muchos conocimos y al cual nos aferramos en este momento de rabia y dolor.

Quiero leerles la presentación que hice el año 2005 al libro de Juan Carlos, porque en ella creo que se encuentran contenidas las imágenes que muchos de nosotros tenemos del Soto.

Juan Carlos Dávila León arribó a este mundo en la soleada primavera de 1963. Sus primeros berrinches de prometedor rebelde los dio en Valparaíso. Dónde sino en el Puerto; en la más rebelde de las topografías y en la más pecaminosa de las sociabilidades. Así, entre cerros y quebradas, entre escaleras y plazas, nuestro aprendiz de carnavalero, dio sus primeros pasos: carromato lanzado al vacío, pichanga de pierna fuerte, escuelita con número y patota de pinganillas.

Fue en estos ámbitos donde integró, con particular intensidad, los ritos de la masculinidad; aquellos que aún hoy día exterioriza abiertamente, y que, en el pasado reciente, lo modelaron en éticas y estéticas agresivas.

Yo lo conocí a comienzos de la década de 1980, cuando «Sotito» —como lo llegamos a conocer los más cercanos—, intentaba infructuosamente escaparse, por última vez, del Liceo. Para ventura de sus profesores y desgracia de la Dictadura, alcanzó esa meta con honores en 1981. Nuevos escenarios, nuevos derroteros. Al fin a tiro de cañón para la Guerra; la de verdad; la Popular y Prolongada. Esa que a punta de barricadas, piedras y molotov —y uno que otro cuetazo y tunazo—, comenzamos a recorrer a partir del año 1983. Y, en esos avatares, el «Soto» destacaba entre los más osados. Siempre primera línea; nunca mucha discusión; «primero el combo y luego vemos». Y como todo no va ser puro sufrir, también esta «El Triunfo», «La Asturiana» y «El Brasil». Siempre radical. Hasta que se acaben las monedas solidarias o hasta que los revolucionarios no se sostengan en pie.

Así, interminablemente: de cerros a callejones, de campus a barricadas, de conspiraciones a acciones, de revueltas a reventones. Hasta la mañana del 10 de agosto del ’84. Como diría «Sotito»: «Todos a los vestuarios». Nos cayó la pálida y nos cayó con todo. El par de pendejos botados a revolucionarios, primero a la «máquina» y después al «chucho». La Escuela de la «Cana» nos dio de todo: grandes amistades, grandes enemistades; momentos de iracunda rebeldía, momentos de doloroso recuerdo; anécdotas imborrables y pasajes de cotidianeidad para el olvido. Y el «Soto», nuevamente ahí. Dirimiendo conflictos (estratégicos y cotidianos) a puñete limpio y acerando la conciencia para la Guerra de verdad; si, la misma de antes; la Popular y Prolongada.

Concluido el ciclo «formativo», cada uno a su «puesto de combate». El «Soto» a pelear las guerras del mundo. Todas. El único requisito: que sean Populares y Prolongadas; mientras más prolongadas, mejor. Y se le fue la vida en ello —no literal, pero muy cerca de ello—. Se le fue la juventud, se le fue la familia, se le fue la sobriedad y en ocasiones se le fue la cordura. No obstante las heridas —duras y profundas—, aún retiene algo que lo distingue y que le respeto: Ese puto coraje de huevón erguido, capaz de agarrarse a combos hasta con la muerte. Quien sino un porteño como el «Soto» —cuyo único defecto es ser wanderino—, podría, después de tanto golpe y costalazo, levantar nuevamente la cabeza, mirar a la bahía y decir con el aplomo de los irreductibles: «¡vamos a darle de nuevo!».

Igor Goicovic Donoso

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