Columnas
2005-09-09
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Yuri Gahona
especial para G80

Treinta años no son nada

Amigos, compañeros, hermanos, querida familia:

Para empezar tengo que recordar, tengo que retroceder en el tiempo ineludible treinta años atrás. Tengo que volver al día en que la vida cambió para mi y mi familia, tengo que cerrar los ojos y a pesar del espanto, escribir.


¿Por qué hacerlo? Sencillo, porque si no lo hago se pierde la memoria, se pierden los detalles de esta historia que comenzó aun antes de que sujetos de los que no sé sus nombres ni sus apellidos, escudados en la violencia abusiva que les permitió la dictadura, secuestraran a mi padre -a mi papá Alonso- en la calle que solía recorrer de vuelta a la casa donde mi hermana y yo lo esperábamos cada tarde, desde que nuestra familia éramos solo los tres, nosotros tres, la Eve, tú y yo tu hijo.

¿Cómo contarles como cambió todo? Me pregunto esto porque sé que en mi familia y a los amigos más cercanos, y a mis hermanos, esos hermanos que como yo chicos o apenas adolescentes, nos quedamos sin padre o sin madre, nos basta pronunciar la palabra desaparecido o asesinado o torturado, para entender la enorme magnitud que esa palabra encierra. Pero cómo les transmito a mis otros amigos, esos amigos que no pasaron por esto, esas personas que a pesar de las diferencias empiezo a querer por distintas circunstancias, esas personas que no tienen el registro de esta memoria dolorosa, ¿Cómo les explico cómo es que cambió todo?

Cómo les explico que mi hermana y yo encumbrados en un árbol, mirábamos un lugar que conocimos como 4 álamos, mirábamos adentro, enfocábamos los ojos, empequeñeciéndolos, para ver si ahí dentro, ahí ese señor que se movía a lo lejos podía ser el papá, mi papá Alonso... cómo les cuento que solos luego de que mi papá no llegara más a la casa sin saber las razones, nosotros dos la Eve y yo buscamos la ternura y el cobijo del papá que nunca más volvió...cómo les explico, sin que lo hayan vivido y quizá hasta que hayan preferido cerrar los ojos, los oídos, las puertas de sus casas a lo que estaba ocurriendo, a alguien que hoy se ha transformado en alguien cercano, incluso, en alguien querido.

Hoy después de treinta años no sé como contarles lo que se siente cuando en plena adolescencia uno se entera de la forma en que mi papá Alonso fue torturado... amarrado de los pies con cadenas... electrocutado hasta el cansancio... cómo les cuento la sed que tenía antes de morir colgado en una ducha, en una casa, en un lugar de Santiago que podría estar en cualquier sitio donde la música sonaba fuerte para que los gritos de auxilio o el silencio de la resistencia no fuera oído... después de treinta años quizá me atrevo a contar, solo a contar sin esperar que nadie entienda, sin esperar que nadie transforme su vida, sin esperar el asombro, sólo por contar para que si llega el día, nadie permita que esto ocurra nuevamente.

Les escribo también con alegría, porque en estos treinta años he vivido el privilegio de conocer personas extraordinarias, orgullosas, sensibles, combativas, idealistas, soñadoras y perseverantes, toda una herencia heroica. Muchas mujeres han sido en estos años pilares para mantener viva la esperanza, el tesón y la consecuencia.

He vivido la experiencia de sueños y esperanzas necesarias para resistir no sólo en dictadura, sino también en democracia, la ominosa invisibilización de los culpables, de aquellos que sedientos e iracundos de poder secuestraron, maniataron, torturaron, humillaron, vejaron, asesinaron y ocultaron su cuerpo, sus manos toscas y endurecidas, pero hábiles y dóciles para el cariño, sus hermosos ojos transparentes llenos de vida, de libros consumidos en su mirada, su aguerrido caparazón acostumbrado a la lucha por la vida que sirvió de cobijo materno y paterno para sus hijos, su boca llena aun de besos, su generosidad completa.

Ha pasado tanto tiempo y ni yo, ni ustedes, ni nadie sabe aun quienes fueron los culpables, los asesinos, el que dio la orden, el que la ejecutó, el que no tuvo compasión, el que sobre su cuerpo mal herido busco un espacio para una nueva llaga, el que le dijo gritando que si no hablaba vendrían sus hijos, los más amados entre todos los hijos de la tierra.

Nunca les he visto la cara, sólo sé de su pobredumbre, de su pequeñez, de su cotidiana inmundicia, de sus manos sucias queriendo hacer cariño, de la vergüenza diaria de saber quien es, del silencio obligado, de sus pesadillas, de su terror a mirar a los ojos a sus hijos, de la vergüenza de su nombre.

Muchos han impedido que sus nombres se sepan, hoy después de treinta años a pesar de nuestro empeño, de nuestra fortaleza, de nuestro día a día, de nuestra lucha, de nosotros sus hijos, de mis hermanos que estamos haciendo este país con nuestros sueños, sólo han conseguido que ese silencio obligado, permitido, acomodado, legislado,amparado haya hecho posible que no olvidemos, no perdonemos ni nos reconciliemos.

Si se preguntan porqué les diría, miren a sus hijos a los ojos o a sus padres o a sus parejas o a quienes amen y pregúntense qué les pasaría a ellos si un día cualquiera, un día cotidiano, un día de sol, un día en que la primavera se acerca, un día en que al salir dijeron chau anhelando el regreso... nunca más volvieron porque fueron secuestrados, escondidos, torturados, envilecidos, asesinados y desaparecidos... sus hijos, sus parejas, sus compañeros, sus amigos, sus vecinos, sus amantes, sus padres, sus hermanos, su familia, sus colegas, sus compañeros de estudio... sus mascotas... su pieza... su libro a medio leer... su taza preferida... su lugar en la mesa... sus esperanzas, sus sueños... se perdieron por un acto voluntario de alguien que les quiso arrebatar todo eso... qué sentirían esos quienes te extrañarán en cada espacio que dejaste vacío.

Para nosotros ha habido verdad a medias, para nosotros no ha habido justicia, para nosotros no ha habido reparación, para nosotros el perdón es una imposición, para nosotros la vida cambió para siempre y esa vida nos hace ser quienes somos hoy día. Sólo pido verdad, justicia y castigo a los culpables, creo que todo el mundo pediría.

Sin embargo hoy a treinta años de tu ausencia papá, no hay nada que pueda repararme, no hay nada que vuelva atrás esta experiencia, sin embargo, pido castigo porque es el legítimo derecho que tengo porque no aceptaré jamás esta suerte a la que me condenan, yo quiero saber sus nombres, conocer sus caras, mirarlos de frente porque a mi no me asusta, no me aterroriza, a mi me llena de orgullo mirarlos a la cara y no desearles la muerte ni la desaparición, a mi me enorgullece levantar la mirada y mostrarles que a pesar de su reino de muerte no lo lograron, no consiguieron hacernos a nosotros como ellos y lo que es mejor para nosotros, mataron tu cuerpo pero mira como sigues vivo. Mira como renaces en esta memoria, mira como te sigues empeñando en cambiar el mundo, mira como crecemos sin asomo de odio pero intransables con la justicia.

Amigos...
Escribo esto para decirles que treinta años no son nada... que el recuerdo de mi padre sigue vivo... que nuestro Alonso está aquí, pegado a nosotros, a nuestras vidas, a nuestros logros, a nuestros afanes... y con nosotros, su familia ustedes están cerca de esta historia que pocas veces es contada, pero necesaria, imprescindible para que sepan que no escondemos nada, que hoy día nosotros los acusados hemos vencido.

Con cariño...
Yuri Gahona.

ALONSO FERNANDO GAHONA CHAVEZ
fue detenido el día 8 de marzo de 1975, cuando regresaba a casa después del trabajo. Hasta ahora no hay condenados ni se conoce su paradero.
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