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2006-11-13
4483 lecturas

Andrés Bianque


Para Luciano Carrasco, mi otro Compañero de Clase

Entre la noche del 11 y 12 de Noviembre del 2002, se arrojaba a los brazos de un Tren, Mi compañero Luciano Carrasco Mora, Hijo del Periodista José Carrasco, asesinado impunemente hasta el día hoy, por la Policía Política de Pinochet (CNI).

Me pregunto si habrá observado como ese par de rieles dormidos sobre el suelo parecían no conducir a ningún lado. Habrá pasado sus manos sobre la piel fría de las vías y se habrá imaginado que esa misma carne de acero fue atada a las espaldas de seres humanos arrojados al mar, por los mismos que raptaron y asesinaron a su padre años atrás.

Miró todo como en una despedida, su mirada negra quiso tragarse el ambiente, respiro profundo queriendo beber las estrellas que contemplaban su fin.

Y se lanzó, subió de un salto desde el andén de la tristeza hacia el infinito.

Queriendo buscar afanosamente aquella olvidada estación del recuerdo donde lo esperaba su padre muerto.

Y cientos de vagones repletos de muertos, sin un destino aparente, atraviesan las arterias sangrantes de ese camino salpicado de cadáveres llamado Chile.

El Hierro, la Noche y la Sangre se hacen uno. Rojo y Negro, amalgama de sueños forrados en metal dormido, expectante.

Suena la campana del colegio y el sonido del tiempo va pintando de reminiscencia los recuerdos.

Campana escolar. Voz férrea que cruza el tiempo.

Una vez más llegué a un nuevo colegio. Una vez más me habían expulsado debido a mi profesionalismo en el desorden y la rebeldía.

Como no podían relegarme o exiliarme, me enviaban a distintos, extraños y lejanos colegios.

Lugares donde todo era nuevo, lugares donde los profesores manejaban al dedillo mis problemáticos antecedentes.

Matrícula condicionada le llamaban, decía relación a que ante cualquier desorden por mi parte, yo sería expulsado nuevamente.

Era la clase de castellano, el profesor, era un hombre cincuentón que hablaba sobre Pablo Neruda. Lo describía sólo en un plano diplomático, meramente literario, coleccionista, amante de las buenas comidas y las mujeres.

Yo, desentendiéndome de mi matrícula condicionada, le cuchicheaba a un compañero de pupitre acerca del otro Neruda que yo conocía.

Demasiado ensimismado en el asunto estuve tal vez, que no noté hasta que el Maestro Anguita (así se apellidaba, creo) se encontraba de pié, a mi lado observándome con ojos inquisidores.

El silencio le zurció la boca a toda la clase, incluyendo a mí.

Con voz tronante y de tono burlón inquirió.

¡Al parecer, vuestro compañero sabe mucho acerca de Neruda!

¡Porque no pasa adelante y nos diserta un poco de su vasto conocimiento! Me dijo sarcásticamente.

Me temblaron hasta las cejas, me dio una punzada en el estómago con acento diarreístico.

Me quedé callado, tartamudeando en mi interior.

Los segundos se hicieron largos y lentos. Todo el mundo miraba atento.

Y no tuve más opción.

Bueno, y que tanto me dije, y me levanté parsimonioso con aire de Honoris causa.

Con voz clara y potente discurseé una majamama de datos sueltos, un calidoacopio de hechos realizados por Neruda sin una cronología clara.

“Y renunció a la presidencia de Chile en favor del Compañero Salvador Allende y fue Comunista, miembro del comité central del Partido Comunista.

Al profe Anguita los ojos se le pusieron vidriosos, me miró entre enternecido y dulce. Como que mi boca dijo lo que el no podía decir.

Terminé diciendo,

“Y fue Comunista, miembro del Comité Central del Partido Comunista, más que un Poeta fue un hombre del Pueblo, un Hombre de Izquierda”

No había caído la última sílaba de la palabra sobre la sala, cuando desde el fondo del aula una voz potente gritó: ¡Bien Compañero! Y comenzó a aplaudir y toda la clase le siguió.

Mi nerviosismo no me permitió verlo bien, sólo ví su puño levantado allá a lo lejos.

Terminó la clase de castellano y se me acercó nuevamente el del puño en alto.

Bien compañero, bien, me dijo con una sonrisa que endulzaba el ambiente.

Mi nombre es Luciano me dijo, Luciano Carrasco.

Desde ese día nos sentamos juntos, me regaló un cassette de un tal Joaquín Sabina, me dijo que lo trajo desde México, donde estuvo con su familia.

Me habló de su padre, José Carrasco, el cual asesinaron a unas pocas cuadras de mi casa.

Y de su padre se desprendió su nombre, Luciano, como Luciano Cruz uno de los fundadores del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Tiempo después, un día lo encontré tarareando una canción, y le pregunté qué canción era esa. Es el himno de la Juventud Rebelde Miguel Enríquez, me dijo.

¿Y ese quién es?, le pregunté.

Y me habló de Miguel. Y me habló de Revolución.

Me habló una vez más como un Compañero.

Para ese entonces yo pensaba que todo era ó amaranto ó verde. La tintura histórica del Rojo y Negro me era lejana, desconocida, extraña. Ignoraba yo que esa tinta revolucionaria hubiese escrito tantas páginas destacadas en nuestra historia.

Al otro día apareció con un papel, me lo pasó y me dijo.

Lo escribí ayer para ti, es el himno de la Juventud Rebelde Miguel Enríquez.

Y en un rincón del colegio, tarareamos juntos la canción.

Y les escondimos la ropa a nuestros camaradas en la hora de gimnasia y repetimos los nombres prohibidos en nuestros recreos.

Y su sonrisa, aún no puedo olvidar su sonrisa. Era como la cima nevada de una montaña de buenos modales, y su pelo negro la sombra de árboles mecidos por el viento en el faldeo cordillerano de su boca.

Hasta donde recuerdo el Colegio quedaba ubicado en la Avenida México, el Colegio Alejandro Flores. Allí fundió más de algún sueño conmigo, quizás, habrá pensado que yo no le tomé mucha atención a sus comentarios por un mundo mejor, sus anhelos de justicia.

Han pasado casi 20 años desde aquella vez que me escribió la canción de la juventud rebelde y miró la hoja de cuaderno que el arrancó y se me cortan las palabras.

Me gustaría que el viera como trato de verlo a través de las líneas que deben esconder el sabor de sus manos que el tiempo se llevo tantas lunas atrás.

Y la última vez que lo vi, no atiné a decirle que aún conservaba aquel papel que el me escribió. Lo encontré vendiendo artesanías en la feria artesanal del Cerro Santa lucía.

Vestido de negro irrumpió desde el fondo del puesto y se sonrío como el solía hacerlo.

No se acordó de mi nombre, sólo después de abrazarme me preguntó.

Yo si recordaba su nombre y apellido. Lamentablemente su nombre estaba subrayado por el dolor a causa del asesinato de su padre.

Me contó que tenía una hija, creo que se llamaba Luna. Lo demás fueron cosas triviales.

Como van los negocios, si se vendía o no, en qué estaba yo y etcéteras.

Y por supuesto, después de muerto me allanan las peguntas, me sobresaltan las respuestas.

Y me quedo pensando en por qué no le dije lo del papel que aún yo guardaba, el por qué no le dije cientos de cosas más que sólo las digo cuando nadie me ve o cuando nadie me lee.

Negra la noche, roja la sangre, tulipán azabache desgarrado por momentos amargos.

Negra la noche, roja la sangre. Rojo y negro, epílogo ensangrentado de injusticias.

Una flecha de acero va lacerando los días, los meses y los años.

Luciano corre, se esconde, la evita, la evade hasta cuando ya no puede más.

El arco social imperante se flecta en un esfuerzo cotidiano y la flecha verde atraviesa el tiempo para ir a dar donde su víctima.

La depresión le fue sepultando la canción de su corazón, hasta que ya no se escucharon más acordes y sus palabras ya no venían de allá, sino de la rutina, del quehacer cotidiano y la tristeza fue creciendo como río desbordado hasta anegar el nenúfar de su sonrisa.

Todo se volvió negro Luciano, pero tu muerte también volvió a teñir de rojo las palabras.

Blanca tumba de papel como tu sonrisa en la que escribo, tinta negra de tu pelo que va tiñendo las líneas de esta carta atrasada que te envío.

¿Cuántas maneras hay de Matar a un Ser Humano?

¡Sólo una, Olvidándolo!



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