Columnas
2008-04-16
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Humberto Abarca
especial para G-80

En homenaje a Tatiana Fariña

Regálame la flor en vida


Conocí a Tatiana Fariña en el otoño del año 1984. Después de convalecer un par de semanas por un accidente de tránsito que cortó una intensa afición al ciclismo, me integré a la carrera de sociología en la Universidad de Chile. Mi expectación era mucha y pude sortear las circunstancias del llamado a viva voz pues me acompañó mi hermana Olga, que en ese momento estudiaba licenciatura en química y Biología en la UTE. Digo llamado a viva voz pues quedé segundo en lista de espera, proveniente del Liceo de Aplicación, donde viví la explosión de las protestas y participé junto a otros compañeros como Ariel Sáenz y Alejandra Faúndez en la configuración del movimiento estudiantil de enseñanza media, resurgido de los colegios fiscales de la zona centro y poniente de la ciudad (y no del oriente como afirman los pijes…), trabajando en la formación del FUDEM (Frente Unitario de Estudiantes de Enseñanza Media). Con Ariel éramos compañeros de banco y junto a otros compañeros como Rafael Vergara y Mauricio Maigret (jóvenes militantes del MIR asesinados por la dictadura) organizamos las primeras protestas dentro del colegio y las posteriores tomas de liceos. Al mismo tiempo, ayudamos a la reorganización de la dirección local de las JJCC de la enseñanza media, formando la base en el liceo y cumpliendo tareas como improvisados dirigentes estudiantiles. El país había estallado producto de la crisis y ajuste económico que pauperizó a la mayoría de los chilenos. Por todas partes, protestas, barricadas y una intensa actividad. Nicaragua luchaba por defender su revolución, El Salvador estaba en ofensiva guerrillera, en Chile nacía el FPMR, se soñaba con la rebelión popular y nosotros despertábamos en ese clima de vaivén, en el cual nos enamoramos, cantamos y bailamos, fuimos detenidos, conociendo las cárceles y la violencia de la dictadura sobre los jóvenes, aprendiendo a sobrevivir soñando con un cambio profundo para nuestro país.

Después de la Primera Protesta Nacional del 11 de mayo del 83, los allanamientos incrementaron el clima de terror en las poblaciones; la dictadura congeló el escenario con un juego de piernas encabezado por su nuevo ministro civil, el inefable Sergio Onofre Jarpa, encandilando a los de siempre con su llamado al diálogo y mostrando su cara definitiva al sacar 18 mil soldados a la calle con motivo de la 4ª Protesta, el 11 y 12 de Agosto. Un nuevo ciclo de movilización comenzaba a gestarse. El 11 de noviembre, en la Plaza de Armas de Concepción, Sebastián Acevedo llevaba hasta las últimas consecuencias su amor de padre.

A comienzos de 1984, Pinochet fue repudiado en el recordado Puntarenazo, primera gran exposición de rechazo a la dictadura. Las protestas arreciaban; el dictador censura la prensa opositora y en ese contexto, el 27 de marzo se desarrolla la 7ª Protesta Nacional, cuya magnitud impresiona al general cuando sobrevuela la noche de Santiago y se ve rodeado por un mar de fogatas. Como respuesta, la CNI opera nuevos asesinatos de opositores y militantes de diferentes movimientos de izquierda. Al terminar octubre, una nueva protesta nacional encuentra la Población La Victoria asaltada por carabineros, quienes entran disparando y matan al sacerdote André Jarlan. Las revistas opositoras comienzan a salir sin fotos. El 30 de Octubre se realiza el primer paro convocado por el Comando Nacional de Trabajadores; en noviembre el régimen decreta Estado de Sitio y estrena a su nuevo ministro secretario general de Gobierno, el engominado Francisco Javier Cuadra.

Hago este largo preámbulo para dar a entender el proceso vivido por la propia Tatiana, que también venía de un liceo fiscal de Concepción y que, al igual que cualquier estudiante de estas características, venía del bautismo de fuego de las protestas del ‘83. A diferencia mía, ella era una estudiante destacada y pronto ganó fama de ‘matea’ al interior del curso, una treintena de inquietos que pronto formaríamos el Comité Democrático (CODE), que era el modo de lograr existencia al interior de un movimiento estudiantil que daba pasos decisivos hacia la reconstitución de la FECH. El CODE era una instancia amplia, que reunía a estudiantes de distintas tendencias en un cuartito de la parte trasera de la Facultad de Filosofía para escuchar los planteamientos de compañeros de cursos superiores que ya militaban en partidos políticos como Mario Drago, Jaime Andrade o Humberto Burotto. En esos momentos, sin perjuicio de la diversidad ideológica de los planteamientos, existía consenso en torno a la unidad de la oposición como estrategia para recuperar la organización democrática y avanzar en movilizaciones sociales que dieran al trasto con la dictadura.

En esas reuniones, todos nos mirábamos y estudiábamos, siguiendo atentamente las respuestas y comentarios de cada uno, tratando de establecer el mapa de afinidades y en mi caso, procurando contactarme con las JJCC. En la facultad reconocí a otros compañeros con los que venía haciendo camino desde la enseñanza media y nos hicimos inseparables, como Andrés Rivera de geografía. En esa búsqueda, nos conocimos con Tatiana y después de una fiesta de sociología en casa de Patricia Muñoz (en la que dormí enrollado en la alfombra de la casa), nos fuimos de madrugada a tomar locomoción. Entre el frío de la mañana y la espera, pedí a Tatiana un vínculo para ingresar a la jota. Esa mañana de domingo, en el paradero que hay frente a la escuela de Ingeniería, nuestras vidas se cruzaron y con Tatiana nos fuimos haciendo entrañables.

Ese año, todo fue vertiginoso: elegir delegados de curso (los nuestros fueron Paula Quintana y Alvaro Riffo, que siguieron en dupla hasta tener dos hijos), integrarnos al proceso de democratización de los centros de alumnos, conocer la ‘mano’ de nuestras autoridades designadas; en nuestra facultad teníamos a Joaquín Barceló, una joya del pensamiento autoritario, Fernando Durán era su representante en los asuntos estudiantiles, que ensayó con nosotros la muñeca que lo haría incluso ser electo decano en democracia por un claustro académico armado con pinzas a lo largo de esos años. En Filosofía cantábamos siempre que podíamos, recuerdo en los pastos centrales las canciones de Alejandro Stuardo junto a otros compañeros; al calor de un vinito navegado y la guitarra íbamos conociendo ese nuevo mundo y juntando ganas para lo que se venía.

Por suerte para todos los mechones jotosos de sociología, teníamos a Tatiana de nuestro lado. Digo esto porque era una de las pocas que lograba entender los textos de filosofía de la ciencia y epistemología con que nos bombardeaban nuestros profesores de filosofía. Pero no se crea que ella era una ‘matea’ con la nariz en los estudios. Siempre me llamó la atención esa mezcla de fragilidad (era muy flaca y menudita) y la pasión con que se manifestaba ante las cosas de la vida. Por sureña y afable, por su risa luminosa, por su modo campechano de hablar (después de conocerlo, supe que lo sacó de don Raúl, su padre) y por su dulzura (que indudablemente viene de su madre, doña María), ‘Tati’ se hizo querida por toda la pandilla de mechones de sociología del ‘84.

Pero la vida continuaba. A la par que lográbamos aprobar los cursos semestrales y soportar esa tropa de mediocres que eran nuestros profesores de sociología de esos años (pienso en excepciones como Alfonso Arrau, en otros pocos que no me acuerdo y, aunque me duela decirlo, el propio Durán como riguroso representante del funcionalismo), nos dábamos a la tarea de trabajar por la elección de Gonzalo Rovira como presidente de la Facultad. Tatiana tenía muy buena letra y yo dibujaba unos gorilitas que, vestidos de uniforme militar, ordenaban ‘no vote por Rovira’, con ellos hacíamos propaganda a favor de nuestro candidato, que resultó vencedor. Golpeábamos a la dictadura pero ella también golpeaba fuerte: su hermano cae detenido en una manifestación en las calles de Conce y pasa a ser preso político, mi padre es detenido y torturado en el Cuartel General de Investigaciones, junto a mi hermano de 13 años por entonces. Contra lo que el régimen esperaba, ambos hechos generaron un amplio movimiento de solidaridad en medio de un clima de abierta represión. Por esos días, escribí con plumón en la pared de mi pieza la frase “estar vivo”.

Ganamos la FECH, eligiendo a Rovira como nuestro representante junto a Jaime Andrade, ambos del Movimiento Democrático Popular. Nos dimos a organizar los primeros trabajos voluntarios en la zona de Aconcagua. Con Tatiana y otros compañeros comenzábamos a integrarnos a las estructuras con que la Jota hacía frente al nuevo momento, denominadas “unidades de combate”, grupos operativos que iban desarrollando pequeñas acciones que irían fogueando a los militantes en la lógica de la sublevación nacional, cuya máxima expresión sería 1986, el año decisivo. En ese momento, a pesar de constituirse como entidades compartimentadas, entre el PC y el FPMR existían naturales vasos comunicantes que permitían al segundo alimentarse de jóvenes militantes del primero. Tal era el caso de Tatiana, que a la par de ser militante de nuestra base e integrante de unidad de combate, con una trayectoria de pelea que arrancaba desde la enseñanza media en su Concepción, ya se había vinculado a la estructura del Frente, participando de otras actividades sobre las cuales los jotosos, siguiendo las reglas de la lucha clandestina, no preguntábamos.

Los estudiantes participamos intensamente durante todo el año 1984, de hecho un grupo cercano a los 400 jóvenes, simpatizantes del MDP, nos preparábamos para tomarnos la Casa Central en primavera. Entrenábamos en el parque intercomunal y teníamos nuestras reuniones en plaza Nuñoa, en el local de una Peña llamada El Acento. Se trataba de una acción ‘patria o muerte’, al estilo de la toma del palacio de gobierno por los Sandinistas. Muchas amistades que duran hasta el día de hoy se gestaron en torno a los que íbamos a participar de esa toma. Según supimos después, el fin de semana, en víspera de la operación, todos los implicados salieron a tomarse una cerveza en algún lugar de la capital. En lo personal, recuerdo el tono de la conversa: “Yo creo que nos van a matar” decía mi amigo, “No, yo creo que como somos universitarios a lo más nos van a relegar…”; “No, nos van a matar…”. Estábamos lanzados. En noviembre se instala el Estado de Sitio y después de una evaluación, el día de la concentración de todos los implicados en los patios de la Facultad de Economía se suspende la toma hasta nuevo aviso…

El proceso de democratización por abajo hacía caer por su peso a la designada FECECH del doctor Espina. Con la asunción de la nueva directiva unitaria, a principios de octubre renacía la FECH, dando al país una buena noticia: la unidad era posible. La FECH tuvo que poner manos a la obra de inmediato, en respuesta al llamado a paro del Comando Nacional de Trabajadores.

Teníamos que romper el Estado de Sitio. Nos lanzamos a la calle a juntar dinero para los primeros Trabajos Voluntarios Aconcagua ’85. Diversas actividades masivas, los ampliados en Ingeniería, los actos y canciones hasta el amanecer… La noche previa a la partida a los trabajos, nos distribuimos en grupos de 6 a 7 y esperamos en diferentes casas la llegada de nuestros dirigentes con los pasajes para el tren. Salíamos radiantes de la estación Mapocho abordando un vagón en el que viajamos sin hablarnos, hasta ahí todo bien, lográbamos burlar la vigilancia…hasta la casual bajada de 300 estudiantes en la estación de San Felipe…

Al cabo de una semana de desarrollar actividades con los pobladores de la zona de Aconcagua (a mi me tocó realizar un taller de música con niños y cantar la canción ‘Cuando amanece el día’ en un acto con los voluntarios), amanecimos rodeados por carabineros y fuimos trasladados a la primera comisaría de Santiago, no sin antes recibir los ‘cariños’ de los esbirros, quienes nos golpearon duramente por atrevernos a gritar un ‘ceachei’ en la comisaría. ‘¿Contesto o no contesto?’ Tal fue la pregunta que nos pasó a todos por la mente esas fracciones de segundo antes de responder “…Chi, ele-e, le, chi-chi-chi, le-le-le, Universidad de Chile libre”. Silencio total. ‘¿Así que quieren gritar los huevoncitos?’ Dijo el capitán, ‘Cierre las puertas cabo’ y empezó el apaleo y los golpes…Con posterioridad, nos mantuvieron en posiciones de alto desgaste físico antes de subirnos por cientos en las micros que nos trasladaron hacinados a la capital. El clima hostil de la Primera Comisaría, que paulatinamente habíamos volcado a nuestro favor (en esto jugó un rol fundamental Erick Gavilán, compañero cuyos conciertos de guitarra eran aplaudidos por los propios pacos, golpeando sus dedos índices para no hacer ruido), se rompió la madrugada siguiente a la llegada: Patricio Manzano, estudiante de ingeniería era víctima de un infarto por el maltrato físico y la insolación del día anterior y, si bien reaccionaba gracias a los masajes brindados por un compañero de medicina, falleció en el trayecto al hospital por la negativa del oficial de guardia a que éste último lo acompañara en la ambulancia. En esa misma jornada de represión, Rovira fue apresado y relegado al norte de Chile, para volver un año después, cholo y flaco, a reinsertarse en las luchas. Los militantes pasamos el resto del verano en mitines relámpago, tomas de embajadas y otras acciones que denunciaban el clima represivo y el reciente secuestro de Natino, Guerrero y Parada. Sólo el terremoto de marzo interrumpió por un momento las manifestaciones.

La dictadura arrancó el año 1985 matando y encarcelando jóvenes: el 29 de marzo morían al mismo tiempo los militantes del MIR, Paulina Aguirre, Eduardo y Rafael Vergara y eran fríamente ejecutados los tres compañeros referidos; al saberse del crimen, decidimos bautizar la Escuela de Ciencias sociales, ubicada en el recinto que llegó a ser denominado como La Placa, con el nombre de José Manuel Parada, hijo de don Roberto, gran actor a quien invitamos junto a su compañera al acto de homenaje y se paró sobre una silla para recitar un fragmento de la Apología de Sócrates. Con pintura spray rayé el nombre de su hijo en el frontis de la escuela, que se mantuvo por largo tiempo sin ser tocado.

Sangre y terror, era el mensaje de la dictadura: las muertes eran más crueles, la lucha no tenía cuartel. El clima hacía más intensos los momentos. Tatiana vivió unos meses en mi casa para cambiarse a otra vivienda de la zona sur. Ese período había pasado algunas penas por unos amores que tenía guardados en Concepción. Intercambiamos cartas sobre las cosas que nos pasaban en esos días; recuerdo un día que la despedí en un andén del terminal sur, de regreso a Conce. Conversamos largo sobre lo que estábamos viviendo y celebramos habernos conocido. Tiempo después, hablé con ella para solicitar mi ingreso al FPMR. Nuevamente, Tati sería mi vínculo hacia otra etapa de la vida. Después de un acto estudiantil en la Facultad de Arquitectura, nos sentamos y me manifestó que los compañeros habían aceptado mi petición. A esas alturas, mi estatus era semi-público: integraba la Dirección de Estudiantes Comunistas (DEC) como encargado del frente de propaganda y después de reflexionar largamente sobre lo que debía hacer, comprendí que mi camino iba por el rumbo que abriera tímidamente con mi guitarra: ser dirigente estudiantil. Tatiana entendió y nuestras vidas siguieron.

Los días y los meses del otoño se tornan nebulosos…marzo, abril, Tatiana manifiesta problemas de seguridad. Una mañana me acompaña a cortarme el pelo y almorzamos juntos, después me ofrezco a ayudarla a cambiarse de su casa de la zona sur, juntamos un atado de ropa y caminamos juntos hasta un paradero en calle Santa Rosa, nos despedimos y…no volvimos a vernos nunca más…

Con el pasar de los días después de su desaparición, comenzamos a activar un movimiento de denuncia y solicitamos un ministro en visita; tuve que ‘guardarme’ algunos días pues llegaron unos detectives a buscarme a mi casa. En esos momentos, me encontraba expectante pues no había claridad sobre los hechos. De hecho, una de las hipótesis que barajábamos los jotosos de sociología era que Tati había pasado a la clandestinidad o estaba en algún curso militar y que nos volveríamos a encontrar cuando la sublevación estallara en nuestro país. Eso estaba dentro de las posibilidades para todos nosotros.

A los días, aparece la noticia del estallido de una bomba en el municipio de Lo Prado y su nombre comienza a ser asociado a dicha acción. Mantuve mi propia versión de los hechos hasta que fui citado a declarar por el ministro en visita, quien me mostró restos de ropa y de un eslabón de reloj ensangrentados. Eran suyos. Y al tiempo que dije no identificar los restos, se me terminó la última cuota de esperanza: era el reloj de Tatiana. Salí de la oficina del ministro sintiéndome fuera de este mundo, entre sombras: mi compañerita, mi hermana, había muerto.

Su entierro en Concepción fue muy intenso. Según cuentan mis compañeros porque no me acuerdo, rayé las paredes durante todo el cortejo, era un estado de semiconciencia. Cuando la enterramos, cantamos La Internacional, las miradas nubladas y al fondo el río Bío-Bío tratando de llevarse nuestra pena y rabia. Al irnos del cementerio, una niña me toma la mano y me canta una canción festiva que cantábamos con Tatiana cada vez que teníamos la ocasión. Era la despedida.

Pasaron semanas, meses, de un gran silencio: ella era la amiga con la que hablaba y no encontraba modo de desahogarme. Si pasaba una mujer parecida, la seguía por cuadras para convencerme… así pasó el Año Decisivo y el plebiscito y estos 20 años de piloto automático que han sido el Chile de la Concertación…

Pero Tatiana, como Marta Ugarte, volvió. Vuelve cada vez que recorro las cosas vividas, en cada hijo que estoy criando, en las ideas con que sueño, en los intentos de trabajo social y de rescate de los jirones de memoria. Sufro porque quemé todas las cartas que me envió (tonteras que uno hacía por seguridad…), por no recordar mejor cada palabra compartida. Procuro conectarme con cada cosa que me traiga su presencia. Conté su historia a los compañeros salvadoreños con los que estuve este verano durante un viaje, ellos me contaron de sus propias historias y sus propias Tatianas…Volvió una tarde cuando, sin haberme dado cuenta, me descubrí trabajando con jóvenes en la misma sede del municipio donde ella murió…

Y pienso. Pienso en lo orgulloso que estoy de haber vivido junto a ella un período en que nuestro país se alzó para ganar su libertad. Un período en que, si ponías la oreja en el corazón de Chile, este latía como el de un niño, acelerado…a veces recorro las calles por donde caminamos y pienso en todas estas cosas. Y siento. Siento que Tatiana vuelve porque la vida, al fin y al cabo, se abre paso por todos lados…

Humberto Abarca

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