Columnas
2006-01-11
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Manuel Riesco


Camino de victoria

En la reciente elección, Juntos Podemos Más se posicionó como una alternativa política de significación, siguiendo una línea estratégica basada en un programa nacional, de amplia aceptación, y la construcción, en torno al mismo, de una fuerza política independiente, y lo más amplia posible. Dicha línea ha sido proseguida consecuentemente en la segunda vuelta, por los miembros del JPM y otros grupos que lo apoyaron, quienes han llamado a votar por Michelle Bachelet, exigiendo el compromiso de la candidata con un conjunto básico de puntos programáticos. No puede decirse lo mismo del llamado a votar nulo en la segunda vuelta presidencial, promovido por el Partido Humanista y otros grupos, a la cabeza de los cuales se ha plantado el abanderado presidencial del JPM. Ello constituye, a juicio de este autor, un error político de significación. Principalmente, porque al asumir una posición extrema y aislada, se desvían de la estrategia señalada, la cual constituye para la izquierda un camino de victoria.

La importancia política del Juntos Podemos Más no se asienta solamente en el hecho que dicho conglomerado logró unir, por primera vez desde el fin de la dictadura, a toda la izquierda excluida, ofreciendo a este sector el instrumento amplio de expresión política que requería. Más bien, ello fue una consecuencia del hecho que el conglomerado se propuso en forma explícita conformar una alianza con perspectiva de alcanzar el poder, para realizar cambios que Chile requiere con urgencia, y que el sistema político de la transición se ha mostrado incapaz de realizar con el ritmo requerido. De esta manera, el Juntos Podemos Más presentó al país un programa realista, bien fundado y de gran respaldo ciudadano, en todos sus puntos. Quienes confluyeron en el JPM, centraron la campaña principalmente en dichos temas de amplia acogida, postergando cada uno sus legítimas aspiraciones programáticas particulares.

El programa del JPM apunta a una cuestión de enorme importancia para Chile. Luego de tres décadas de seguir una determinada estrategia de desarrollo –la que suele denominarse “Consenso de Washington,” a pesar que ha sido impuesta bien a la fuerza, especialmente en Chile-, ésta ha pasado, hace ya mucho tiempo, el punto en el cual dio de si todo lo que podía dar. Adicionalmente, el extremismo revanchista con que se aplicó en nuestro país, siempre ocasionó serios daños. Ha entrado ahora en una profunda crisis y requiere urgentemente ser reemplazada. El programa del JPM perfila los lineamientos básicos de la estrategia alternativa que emerge. Algunos la han denominado “Neo Desarrollismo de Bienestar Social Latinoamericano,” en tributo al Estado Desarrollista de Bienestar Social, que encabezó la transformación social y económica de la región durante buena parte del siglo XX. Esta nueva estrategia ya ha sido asumida en forma más o menos explícita, por buena parte de AL. Han surgido asimismo, a veces en las formas más súbitas e inesperadas, las fuerzas políticas que la encarnan. En los países principales y más avanzados, ellas se asientan sólidamente en el gran actor moderno que ha surgido masivamente en AL: los nuevos asalariados urbanos.

Por otra parte, el sistema político de la transición chilena – el sistema electoral, los amarres constitucionales, y el sistema de alianzas y exclusiones que los mismos imponen – se ha constituido en un cerrojo que impide realizar los cambios requeridos. Al enfocarse precisamente en estos aspectos –los cambios al “modelo” y la democratización del sistema político que permitirá realizarlos- el programa del JPM recoge, mejor que las otras alternativas políticas, lo que el país efectivamente necesita. La izquierda debe mantener consistentemente esa estrategia. Es decir, continuar agitando los cambios del modelo, y la democratización del sistema político, enfatizando siempre aquellos puntos de mayor respaldo ciudadano. Al mismo tiempo, continuar sumando fuerzas en la construcción de un espacio político independiente, de masas y, ojalá, lo más estructurado y democrático posible. Adicionalmente, estableciendo alianzas en forma cada vez más amplia.

En lo que se puede apreciar para los meses venideros, por ejemplo, y entre otros aspectos, parece posible que el JPM se ponga a la cabeza de un gran movimiento nacional por el término del sistema binominal y los amarres constitucionales. Al mismo tiempo, puede organizar un amplio movimiento por una reforma a fondo del sistema de pensiones. Movimientos similares parecen posibles por la ampliación de los derechos laborales, la reforma del sistema de educación y, más en general, la recuperación del rol del Estado en los ámbitos que corresponde, especialmente la reconstrucción de los servicios públicos sociales, un royalty a los recursos naturales, entre otros temas. Dichos movimientos pueden abordar temas que están maduros. Pueden construirse desde la base, incorporando a todas las organizaciones sociales existentes, sin ningún tipo de exclusión, al mismo tiempo que crear otras nuevas con estos objetivos específicos. Al mismo tiempo, se pueden buscar alianzas muy amplias con otros sectores políticos que, perteneciendo a la Concertación e incluso a la derecha, concuerden con estos objetivos.

Ese constituye hoy día el camino de victoria para las fuerzas populares y avanzadas.

Frente a la segunda vuelta electoral, parece bien evidente que la aplicación consecuente de la estrategia comentada debía conducir a lo que en definitiva ha sido la posición de los partidos, organizaciones y candidatos que obtuvieron el grueso de los votos del JPM en la reciente elección. Es decir, apoyar a Michelle Bachelet, exigiendo al mismo tiempo su compromiso con determinados puntos del programa del JPM. La segunda vuelta presenta una disyuntiva más o menos sencilla. En ella, el electorado puede ejercer directamente su derecho a pronunciarse respecto a quiénes obtuvieron las dos primeras mayorías en la elección presidencial, cuestión que antes estaba reservada en Chile al parlamento. No se trata de una elección propiamente tal, sino de la segunda parte del proceso electoral que elige al Presidente de la República. Naturalmente, un elector puede abstenerse de ejercer el derecho anotado, por cualquier motivo. Está en su derecho y francamente, parece muy comprensible que muchos actúen de esa manera, dado que las dos primeras mayorías sustentan, en mayor medida, el estado de cosas que se requiere cambiar. Otra cosa, sin embargo, es que una fuerza política de izquierda llame a no participar, o a anular el voto, que es más o menos lo mismo. Ello sólo podría fundamentarse en que fuera completamente indiferente cual de las dos primeras candidaturas resulte elegida –lo cual parece muy discutible. Más aún, la alternativa para todos los electores a quienes está dirigido este llamado, en el caso de la izquierda, sin duda habría sido votar por Michelle Bachelet, Por ello, llamar a anular el voto significa, en los hechos, ofrecer ventaja al candidato de derecha. Ello no cambia en absoluto si el voto se anula repudiando el neoliberalismo, el sistema electoral, o se escriba en el voto alguna otra cosa más o menos ingeniosa e irreverente. Ni siquiera si se anula sacándole la madre al mismo candidato de derecha.

Más compleja resulta la decisión de participar o no en un proceso electoral evidentemente sesgado. Especialmente en uno como el chileno, en el cual una gran proporción de jóvenes ni siquiera se interesa en inscribirse, por lo antidemocrático que resulta. Ello siempre ha constituido un dilema para las fuerzas de izquierda, el que han resuelto generalmente, pero no siempre, participando en los mismos –aunque muchas veces continuaban impulsando al mismo tiempo la lucha ilegal, incluso armada en ocasiones, como ha ocurrido en Colombia durante decenios. En la literatura política socialista, que recoge una riquísima experiencia política, que en Chile recorre casi un siglo y en el mundo más de un siglo y medio, los numerosísimos debates al respecto se resuelven usualmente por el lado de preferir no aislarse de procesos que, por lo general, resultan ser los que concitan la más masiva participación política de la ciudadana.

En Chile, por ejemplo, este debate dividió profundamente a la izquierda en 1987, con ocasión de inscribirse en los registros electorales de la dictadura, para participar en el plebiscito de 1988. En esa ocasión, el Partido Comunista se equivocó medio a medio – al decir de su ex secretario general Luis Corvalán -, al no prever la masiva afluencia popular a los registros electorales. Le significó al PC enfrentarse duramente con sus aliados, incluso los más estrechos, y aislarse peligrosamente. Cuando, finalmente, decidió participar en el plebiscito, a pocas semanas de llevarse a efecto éste, el daño ya estaba hecho. Claro está, la decisión no era nada fácil, entre otras cosas por la enorme resistencia que despertaba en la militancia, la que se reflejaba en parte importante de la dirección del partido. Difícilmente, como ha escrito Luis Corvalán, el PC pudiese haber estado entre los primeros en asumirla. Sin embargo, este serio error influyó mucho, quizás decisivamente, en que prosperara la intención de excluirlo de la transición, propiciada por los EE.UU., los militares, la derecha, y los sectores más conservadores de lo que luego sería la Concertación. Aún más, dicho debate está en la raíz de la división de la izquierda, que todavía mantiene a parte de ella excluida, y a otra parte cooptada al interior de una coalición que en definitiva lleva a cabo un programa que no la satisface. En este sentido, es quizás el error político que más ha influido en el carácter conservador, y muy prolongado, de la transición chilena.

El PH, en cambio, en lo que constituyó quizás uno de los mayores aciertos políticos de su breve historia, propició entonces en forma temprana y fresca la inscripción en los registros electorales de la dictadura para votar NO en el plebiscito. Con ello no se aisló de la ciudadanía, ni tampoco del resto de las fuerzas anti dictatoriales – a pesar de haber sido el blanco de no pocas descalificaciones y ataques, incluidos algunos coscorrones de parte de los detractores del plebiscito, durante las primeras etapas de la campaña por el NO. Por el contrario, a pesar de su pequeño tamaño, el PH en definitiva logró una gran legitimidad política, la cual le permitió participar en el primer gobierno y parlamento post dictadura. La salida, también temprana, del PH de la Concertación y su empeño desde entonces en construir una alternativa al neoliberalismo, concebida ésta de manera crecientemente amplia, hasta confluir en la conformación del JP y luego del JPM, constituye, a juicio de este autor, asimismo un gran acierto político. Ello permitió que un militante de este partido encarnara, brillantemente, la candidatura presidencial del JPM, y se transforme en una de las más promisorias figuras políticas nacionales.

Lamentablemente, la decisión de llamar a votar nulo en segunda vuelta –adoptada por el PC y el PH el 2000, y reiterada el 2006 por este último partido – implica, a juicio de este autor, un error de proporciones. Como se ha argumentado en un escrito anterior, la forma inconsulta de hacerlo, la noche misma de la elección, significó desahuciar sin más trámite el JPM en la coyuntura, dividirlo y dejarlo sin política común posible en esta vuelta. Ello no era inevitable ni mucho menos, puesto que, por el contrario, un debate amplio del tema pudiese haber servido para fortalecer el JPM, e incluso quizás insinuar una estructura democrática que diera garantías a todos para afrontar estas resoluciones en el futuro. Por otra parte, es preocupante la evidente pretensión de asumir unilateralmente la representación del conjunto del JPM, implícita en varias actuaciones del grupo partidario de anular, especialmente, la decisión política de poner al candidato del conglomerado como portavoz de la posición de una fracción del mismo.

Participar o no en un sistema electoral, no es un asunto de principios, sino de evaluación política desapasionada. En Brasil se ha llamado a votar por un hipopótamo, y éste ha obtenido votos suficientes para resultar elegido. En Irak hoy, parece bien acertada la posición de las fuerzas patrióticas que se niegan a participar en elecciones arregladas por las fuerzas yanquis de ocupación. Sin embargo, en Chile, francamente, parece bien incomprensible venir ahora a repudiar, como si se tratase de algo pecaminoso, la participación en la segunda parte de un proceso electoral a cuya primera etapa se concurrió con singular entusiasmo. A pesar que aquella es evidentemente mucho más antidemocrática que ésta. Por lo menos, ahora no se está acatando en los hechos el sistema binominal, y la verdad es que las segundas vueltas electorales en general constituyen una conquista democrática de no poca significación.

Mucho menos, corresponde transformar este asunto en ocasión de dar testimonio de “consecuencia” anti-neo liberal. Los testimonios políticos, actuar solos, o en contra de la corriente, a veces son indispensables y muy valiosos. Especialmente, cuando el conjunto de los ciudadanos desea algo fervientemente, pero no está en condiciones de realizarlo. Los chilenos ostentamos con orgullo el más alto ejemplo de testimonio político, cuando la resistencia armada, y posterior suicidio, del Presidente Allende en La Moneda, representó la dignidad de todo un pueblo, dispuesto a hacer lo mismo, pero impedido de ello en ese momento. El atentado a Pinochet, en cierta forma, y desde luego la resistencia armada a la dictadura, en general, representa lo mismo. Sin embargo, parece poco plausible sostener que, en este caso, quienes anulan lo hacen en representación de un pueblo que, al mismo tiempo, bien voluntariamente va a concurrir masivamente a hacer exactamente lo contrario.

Peor aún, es rebajar este debate, que puede resultar en definitiva enriquecedor para la izquierda, a una sarta de improperios contra quienes sustentan la posición contraria. Algo así ha hecho, por ejemplo, el presidente del PH, en una “respuesta” a un artículo previo de este autor sobre el tema, publicados ambos como columnas en El Mostrador.cl. En la diatriba referida, el dirigente en cuestión no ha escatimado epítetos y descalificaciones –inclusive ha tenido la descortesía de hacer públicas comunicaciones personales- para suplir lo que ha carecido en argumentos. Parece que no solo nuestro excelente candidato presidencial está requiriendo unas buenas vacaciones, sino también el presidente de su partido.

De hecho, el sólo plantear el tema de estas formas pareciera entrañar una falta de respeto, una descalificación brutal, a la abrumadora mayoría del electorado. Éste –que por lo general no tiene para nada una buena opinión del modelo neoliberal-, con toda probabilidad, participará en la segunda vuelta en forma aún más masiva, y anulará mucho menos votos, que en la primera. Así ocurrió el 2000, a pesar del llamado a votar nulo de un partido y una líder política de enorme ascendiente sobre el electorado de izquierda, lo que no se ha repetido en esta ocasión.

Por todo ello, lo más probable es que el llamado a votar nulo aislará a quienes hoy lo sustentan frente a la ciudadanía. Ojalá que la cosa no pase a mayores, aparte de suspender el JPM, por un tiempo. Todo ello es lamentable. Sin embargo, no significa una catástrofe irremediable, ni mucho menos. El FRAP, por ejemplo, que impulsó las candidaturas de Salvador Allende en 1958 y 1964, se dividió al cabo de esta última, cuando el PS resolvió “negarle la sal y el agua” al gobierno reformista de Eduardo Frei Montalva. El PC, en cambio, adoptó entonces una posición de oposición constructiva, de la cual, en definitiva, resultaron leyes tan importantes como la reforma agraria. Sin embargo, la unidad política de la izquierda se reconformó, en las postrimerías del gobierno de Frei, ahora en la forma más amplia de la UP, que eligió al Presidente Allende – quien, dicho sea de paso, nunca se sumó a las aventuras “chillanejas” de su partido durante ese período.

La unidad política de la izquierda excluida se recompondrá a poco andar, y en un nivel mas elevado. Es deseable es que dicha unidad se reconstruya sobre la base de un JPM vuelto a unificar, y ojalá ampliado. La base sólida para ello es que se reafirme, por parte de todos sus miembros, y en todas las coyunturas, la estrategia de amplitud e independencia que constituye el camino de victoria.


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