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Columna G80: Dauno Tótoro Taulis : Ayotzinapa y los ellos y los nadie. Acerca de la novela “Bandidos”
Columnas
2014-12-22
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Dauno Tótoro Taulis
especial para G80

Ayotzinapa y los ellos y los nadie. Acerca de la novela “Bandidos”

Nos interesa esta novela Bandidos (Ceibo Ediciones, 2014) porque si de algo sabemos es de crímenes, de crímenes horrendos, masivos, aterradores. Los personajes de las novelas que nos narra nuestro territorio conforman dictaduras, gobiernos corruptos, militares sangrientos, empresarios inescrupulosos, asesinos de toda estirpe. El crimen como un viaje de regreso a lo informe, a lo original; el hombre que intenta cumplir con la posibilidad de redimirse a través de un naufragio; el crimen como la ruptura que el hombre busca para trascender de su condición solitaria; el crimen como resultante del desamparo que tiene que ver con la disputa del poder. Ese es el compás sordo que lleva el tambor que manda la banda del pueblo. El tambor que se llama poder, cualquiera que sea éste.

Leo un fragmento del parte de supervivencia y muerte que es la novela de Rafael Ruíz: “La anciana que estaba sentada frente a las pequeñas y perfectas pilas de tomates, de chiles poblanos y de cebollas, sintió un silencio extraño, opaco, justo antes de escuchar ese estruendo inconfundible. Apoyada en la muralla de la iglesia de la plazuela del poblado, había visto pasar a esos hombres con sus sonrisas medio inventadas. Las balas, la bala, zumbaban y zumbaba y aunque no las podía ver sí las veía, una la golpeó en el brazo y casi la tumbó sobre su costado. Vio a Narciso tratando de tomar el machete, doblándose y gritándole a Juanito que corriera, mientras el grito se ahogaba en su pecho destrozado, de donde se arrancaban esas palabras con que quiso y no pudo alertar a su aún pequeño hijo mayor. Juanito miraba a los desconocidos agarrados a sus armas. Sus caras lucían feroces, doloridas, con un curioso rictus sonriente. Gritaban, sudaban; eran muchos los que disparaban o eran muchos los estampidos. No sabía. Estaba paralizado. Su papá permanecía doblado en el suelo, ya no gritaba, yacía inmóvil sobre una especie de estera de sangre y hojas de palma. Con los ojos abiertos inertes frente al infinito. Entonces percibió la cara fiera y descontrolada que lo miraba sin verlo con su arma humeando. En ese instante Juanito, sin saber cómo ni de qué se trataba, supo que lo mataban. Hortensia, su prima, desde el suelo tapándose el vientre agujereado, miró cómo a Juanito de un balazo se le reventaba el cuello y perdía el ánimo y su cuerpo se desarticulaba, desmadejándose en un segundo, mientras otras balas lo continuaban matando inútilmente. Su vida terminó antes que su cuerpo cayera aparatosamente al piso. En medio de los estampidos, de los rebotes duros astillando las piedras y de los choques sordos y blandos de los balazos en los cuerpos, Hortensia comenzó a gritar. Ellos también gritaban. La desesperación de los que morían o sufrían aumentaba la de los que mataban. Unos y otros formaban un solo instante. Nadie imploraba, todos echaban maldiciones y se odiaban cada vez más. Los que iban a morir insultaban a sus verdugos porque no tenían cómo resistir, mientras éstos les gritaban a sus víctimas, cómo si de esa forma pudiesen demorar a los que algún día irían a matarlos en otra mañana asoleada igual a ésa. Los agresores soltaban groserías más alto que las explosiones, tratando de ocultar con esas ofensas el placer y el  dolor de su crueldad. Gritaban, no sabían si era la última vez que mataban antes de morir”, relata Rafa Ruíz.

Y constatamos que en el universo de esta novela que hoy presentamos, en apariencia tan terrenal, existen dos fuerzas supremas e incontrolables que se desplazan en direcciones opuestas, anticipando una colisión imparable en cuyo resultado poco y nada habrán de importar las pujas, pugnas, rencillas, asesinatos, amores, traiciones y lealtades de los hombres que lo pueblan. Aquí no importan ni los dioses ni las voluntades de la gente. La vida es fugaz, absurda y efímera cuando sucede en el campo de batalla de los tiempos largos de la Naturaleza y los tiempos absurdamente cortos de los hombres.
Ensayo ahora un paralelo con otro parte de supervivencia y muerte sacado de un registro de hace pocos días: A las 17:59 de una tarde muy reciente, el Centro de Control, Comando, Comunicaciones y Cómputo de Chilpancingo (C4) informó que un grupo de estudiantes rurales normalistas partían de Ayotzinapa rumbo a Iguala. Un minuto más tarde, la Policía Federal y la Policía Estatal se desplazaban por la carretera Chilpancingo-Iguala. A las 21:24 el jefe de la base de la policía federal fue informado de la entrada de los jóvenes hijos de campesinos a la central camionera de  Iguala. A las 21:40 el C4 reportó el primer tiroteo. Las acciones quedaron grabadas en 12 equipos de teléfonos celulares. Se oye en uno de ellos “¡Ya se están yendo los policías municipales… se quedan los federales y nos van a fastidiar!”. Los camiones siguieron su ruta, bajo el control de los normalistas. Antes que los vehículos llegaran al periférico de Iguala, las balas impactaron en los cristales de los vehículos y poncharon las llantas. Una patrulla les cerró el paso. Algunos estudiantes bajaron del primer bus y a pulso trataron de mover la patrulla que les impedía seguir hacia el centro, pero les dispararon. El normalista Aldo Gutiérrez recibió un disparo en la cabeza. Luego se abrió fuego a discreción sobre los tres autobuses. Bajaron a golpes a los estudiantes. Los atacantes estaban aperados con pecheras, rodilleras, cascos, coderas, pasamontañas; una de las camionetas tenía un soporte con una ametralladora .50. Los testigos cuentan que los primeros en disparar fueron los policías municipales; que luego que éstos se retriraron, siguieron haciéndolo los policías federales y que detrás de ellos llegaron las unidades del ejército mexicano. El oficial de ejército que comandaba la operación, el capitán de apellido Crespo, es conocido por varios de los presentes como jefe de seguridad de un narcotraficante apodado El Gil. Por ahí fue entonces que apareció el cuerpo del estudiante Julio César Mondragón, con el rostro desollado y un globo ocular desprendido a punta de cuchillo. A los 43 que hoy no están, se los llevó el capitán del ejército federal, dicen que acompañado por federales y sicarios. El Procurador General de la República, ante la evidencia, se encoge de hombros y sentencia “nada podemos decir”. Un dato: el acto que protagonizara la esposa del alcalde de Iguala y al que supuestamente las fuerzas del orden y del narco debían defender, había concluido dos horas antes de la salida de los muchachos desde Ayotzinapa a Iguala. Otro dato: los autores confesos de la reducción y posterior desaparición de los 43, sicarios del narco todos ellos, cuando no policías municipales, emitieron sus declaraciones luego de largas sesiones de torturas que han sido confirmadas por la Cruz Roja mexicana y el Instituto nacional de Derechos Humanos. Entonces, por supuesto, queda claro: que los culpables fueron ELLOS. Solamente los ellos, los ellos que no son nunca nadie.

En estos mundos que nos inventamos luego de verlos a la cara en el espejo del cotidiano, hay que hablar duro y golpeado, por lo menos en el universo libre de la novela; hay que encontrar al menos un respiro, un espacio en que la condescendencia y la hipocresía, la lamida de botas sea mal vista. Necesitamos otros héroes, unos chicos que no lloriqueen de la mañana a la noche, que no se traguen el orgullo para quedar bien; unos muchachones que escupan al suelo cuando les hablen cursilerías, que se resistan a poner la otra mejilla. Unos chavones que husmeen y revuelvan el charco de mierda sin espantarse por los efluvios pestilentes que manan de nuestras sociedades timoratas y humilladas. Mirar de frente al crimen, sin asco, sin remilgos, sin doble stándard. Nos viene bien entonces el concepto de Maurois: si no hay  dioses, ni musas o ninfas; si no hay encantadores, ni hadas, ni Nibelungos o Walhallas; si las disciplinas científicas han sido secuestradas y los descubrimientos demonizados, entonces por lo menos habrán hombres rudos para tiempos rudos; héroes buenos, de los mejores; héroes de nuestros tiempos.

Omar García. Quizás nadie acá conozca a Omar García. Es un muchacho de veinte años de edad. Estudia para maestro rural en una escuela normalista a la que le faltan 43. Omar García también estaba a bordo de esos tres buses y, aunque herido, salvó de morir por tantito. Lo vi hace cinco días en el estudio de la cadena CNN México, entrevistado por la ya legendaria Carmen Aristegui. El muchacho llevaba playera negra, pantalón de lino y guaraches de cuero. No mostraba nervios ni temor ni nada que no fuera determinación. Se explayó acerca de la noche macabra, acerca de los pasos que han seguido en la búsqueda de sus compañeros. La entrevistadora, conmovida, le preguntó a Omar García si acaso esto, que tantas veces se ha repetido, si acaso cada palada de tierra que descubre un nuevo entierro clandestino, si acaso la lucha contra los ELLOS que son siembre los nadie, tiene algún camino. Y Omar García dijo que los tiene todos, todos los caminos y que si se les van cerrando como se van cerrando ineluctablemente, siempre estará el camino de la sierra y el fusil. “Pero si van armados los van a matar antes que lleguen a la carretera”, señaló Aristegui. “También nos van a matar si no vamos armados, señora, antes que lleguemos a la carretera, o ahí mismo, en la escuela, en nuestro pueblo, en nuestro camino empolvado, en los brazos de nuestras madres, en el abrazo con nuestros compañeros, señora… nos van a matar de igual forma, señora”.

Y en un momento de su novela-espejo, Ruíz narra: “no había mucho que teorizar, no había alternativas: ‘si nos íbamos, perdíamos,  y si no ganábamos, también perdíamos’. Esas frases socarronas, repetidas de boca en boca por los pueblos, cobraban gran eficacia. En las conversaciones de los caseríos adquirían todo su sentido. Transformaban la tragedia en un reto. Los desafíos contienen la ilusión de ganar”.

Mucho se ha hablado últimamente, se ha teorizado acerca de la banalidad del mal. Hablemos mejor de la banalidad del poder, que es lo único que nos puede hacer entender quiénes son esos famosos ellos.

Durante el primer día de la feria internacional del libro de Guadalajara, una marcha de estudiantes urbanos, escritores entre los que se encontraba Villoro y Paco Ignacio Taibo II y otros, avanzó por la avenida principal de la ciudad los cuatro kilómetros que había que avanzar para llegar a la plazoleta de los Niños Héroes. Ahí estaban congregados los estudiantes normalistas de diversas escuelas rurales, esperando. Fue el punto de encuentro. Recuerdo que el estribillo de los estudiantes y escritores al marchar, custodiados por patrullas de diversa índole, señalaba “mi papá me dijo… te vas a estudiar… pero si hay problemas… te pones a marchar”. Cuando llegamos donde los normalistas campesinos, fue como llegar a un bosque de sombras y luego el canto viró a silencio. Eran las miradas que se encontraban.

Y entonces recordé otro pasaje de la novela Bandidos de Ruíz, cuando dice “Salvo la camioneta negra, no se veía un alma. Con la mirada, Julián le indicó hacia el bosque. A la orilla de los árboles se distinguían dos hombres y un muchacho mirando hacia la casa.
    -   ¿Qué los trae por aquí tan tarde?
    - Vinimos a mirar, -respondió sonriendo Pedro, el más bajo.    
    -  ¿Y qué te pareció lo que viste? -siguió Julián.
    -  Hasta ahora, no hay mucha novedad. Aunque me pregunto por qué esa gente no deja dormir a nadie.
    Julián sonrió de buena gana y preguntó:
    - ¿Y hasta que hora se iban a quedar ustedes?  
    - Un rato, ya nos íbamos, -dijo Diego, el cafetalero-. Pasábamos y vimos la camioneta. Como nunca se sabe, llamamos a algunas gentes. Están más allá, son de aquí, todos te conocen.
    -  ¿Y desde cuándo están aquí?
    -   Bueno, hace un rato largo.    
    -  Váyanse para sus casas. No creo que venga nadie más por esta noche.
    -   ¿Y la camioneta? -Preguntó Pedro-. ¿Qué  hacemos con la camioneta negra?
    -   Nada. La mandó el gobierno. Hay una ley. Habrá que acostumbrarse.
    -  ¿Y ellos, se irán a acostumbrar a nosotros?, -preguntó Diego.

¿Por qué nos espantamos, por qué nos anticipamos? Me pregunto. A muchos autores les sucede con horror descubrir que bajo la primera capa de su ficción yace la siguiente, y que no es inventada. Al pretender anotar qué diría acerca de Bandidos esta tarde, se me vino a la mente una imagen, la de lomas cubierta de verdes prados que derivan en playas de blancas arenas a las que lame un mar en ocasiones azul, en otras, gris. Y veo amaneceres, atardeceres; percibo la canícula del sol a medio día y el viento tibio y amable que sacude las espigas. Hay formaciones, en medio de estas lomas, algo más abruptas, como si bajo la armónica superficie (en apariencia jamás hollada por pie alguno) se escondieran otras estructuras, algo del pasado. Y han caído aguaceros. Torrentes de tal envergadura, que han podido arrastrar las capas superficiales de las lomas verdes, desplazar el suave manto vegetal, descubrir la piedra que subyace y exponer aquellas otras estructuras ocultas. Y han sido ruinas. Vestigios espantosos. Hay ahí casamatas corroídas por el tiempo y la sal de la brisa marina, con sus ventanucos que otean el horizonte a la espera de las naves enemigas; y hay rastros de trincheras (ahora enmudecidas) y cráteres de antiguos proyectiles. No hay cadáveres ni restos humanos, con excepción de los atronadores gritos de horror y angustia que acompañan el rugir de las aguas y el estrépito de los truenos. Y en otros momentos de esta imagen, he recorrido los mismos parajes, pero estos aparecen de modo diferente. Las mismas colinas, la misma arena y las aguas del mar; los mismos montículos y protuberancias cubiertos de hierba que anuncian la existencia pretérita de otros hombres y otras batallas. Otros empeños. Pero, en estos otros momentos, no me encuentro solo. Hay miríadas de personas deambulando, dedicadas a sus incomprensibles quehaceres. Hay hombres y mujeres cavando o tapando agujeros, como si en eso se les fuera la vida. Y hay otros que deben llevar clara cuenta del ritmo de la pala que empuña el que cava; y otros que atesoran las raíces que –quebradas- afloran de cada embate del hierro; y otros que se pasean ofreciendo bebidas refrescantes a cambio de jirones de cabellos, uñas o dedos cercenados; y hay niños y niñas que corretean por las playas apedreando pájaros o apedreando a otros niños y niñas. Y hay personas que controlan el flujo de quienes por ahí transitan, estableciendo un orden tanto aparente como incompresible. Y desplazándose hacia el que parece ser el sur de esta geografía, se percibe que todo el ajetreo es llevado a cabo con gestos de resignación y la gente lanza miradas de soslayo a sus vecinos, como si esperaran que en algún momento se equivocaran para reprenderlos, reprimirlos, eliminarlos o denigrarlos. Y conforme se avanza hacia el norte de esta improbable geografía, se percibe que todo este ajetreo es llevado a cabo con cierta desidia y con gestos de quienes camuflan en cada movimiento una superioridad invisible. Me detuve ante un cartel clavado en la arena y decía: “dadle al hombre la oportunidad de elegir, y elegirá el mal”.

Y, entonces, me pregunto si acaso alguna de estas lluvias torrenciales desenterrará las casamatas olvidadas y las disolverá en polvo y, a su vez, ese polvo de casamata se irá con el torrente y la erosión de las aguas infinitas cavará en nuevas profundidades hasta desenterrar un corroído cubo metálico que, al contacto con el primer rayo de sol luego de la tormenta, expandirá sus alas, sus antenas, sus celdas solares y emitirá sus pitidos que viajarán por el Cosmos para que alguien en algún sitio diga que hay señal, que hay alguna maldita señal.

Entonces la sonda recobrará su actividad y escarbará y analizará lo que recojan sus delicadas pinzas. Fragmentos de rocas; jirones de hierba; botones de uniformes; lágrimas de muchachos llamados a morir en las trincheras; fragmentos de dólares y de euros y de yenes; pepitas de oro; feldespato, wolframio, iridio; manos fosilizadas aún aferradas a los mangos quebrados de sus palas; fragmentos de un libro en que aún podrán leerse frases sueltas como que no se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.

Y regresan las palabras de Omar: “También nos van a matar si no vamos armados, señora, antes que lleguemos a la carretera, o ahí mismo, en la escuela, en nuestro pueblo, en nuestro camino empolvado, en los brazos de nuestras madres, en el abrazo con nuestros compañeros, señora… nos van a matar de igual forma, señora”. Y me parece reconocer el cubo metálico que, al contacto con el primer rayo de sol luego de la tormenta, expande sus alas, sus antenas, sus celdas solares y emite sus pitidos que viajan por el Cosmos para que alguien en algún sitio diga que hay señal, que hay alguna maldita señal.

Dauno Tótoro

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