Columnas
2008-02-12
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Alberto Mayol Miranda
La venganza es un plato que se sirve frío

Sobre la Serie Héroes de Canal 13

Fragmento de artículo “El Chile Reescrito: Nuevos Pasados y Nuevos Presentes en el 2007” en Revista Análisis del Año, Departamento de Sociología, Universidad de Chile

Acercándose el bicentenario, la Iglesia tenía que hacer algo por reparar el daño histórico realizado por la Independencia de Chile y su afán, a ratos, secularizante. Poco habían hecho los historiadores conservadores, quienes cruzados por un afán nacionalista, se habían rendido a las figuras heroicas de la nueva estirpe y le hicieron sendos homenajes: O’Higgins, Carrera y Portales, entre otros, habían sido constituidos en figuras rutilantes de nuestra historia. Los conservadores habían aceptado la lógica republicana y la celebraban. Le añadieron a todos un tono religioso, es cierto, una fe poderosa, una viril dedicación a Dios y la patria. Habían escrito un nacionalismo en formas bíblicas. Pero la licencia religiosa era parte de la construcción del fetiche heroico.

Sin embargo, ya cerca de los doscientos años del fin de régimen colonial y del poder absoluto de la Iglesia sobre nuestras tierras, era hora de que esta sabia institución hiciera lo que -según Nietzsche- es su mayor cualidad: vengarse.

¿Y venganza de qué? De quienes habían prohibido los títulos de nobleza, de quienes construyeron el Instituto Nacional, el Cementerio General, de quienes abolieron la esclavitud, de quienes se les ocurrió la incomprensible idea de separar el Estado de la Iglesia, de quienes quisieron construir una República. Había que cambiar el orden de los valores para alterar el producto. La Alameda Bernardo O´Higgins debía pasar a ser una calle con un nombre mal puesto, una avenida central ya casi irrelevante. Había que aprovechar la instancia de grandes autopistas para dar el golpe final a las grandes alamedas. La República es una herida que sangra cada día en las llagas de la Iglesia. Había que detener la hemorragia. ¿Y cuál era el arma perfecta? El moralismo, la ausencia de conciencia histórica. Construir la historia como un relato de farándula con tono monástico. La obra fue más o menos la siguiente:

Bernardo O´Higgins aparece en “Héroes” de Canal 13 como un sujeto timorato, traumatizado por su bastardía, pero incapaz de superarla con una mínima elegancia o con las artes de la alta política. O´Higgins no será en la serie nada cercano a un hombre público: tan sólo es un militar que va y viene a unas batallas y que ama enfermizamente una mujer bella y no necesariamente muy conveniente. A su vez, el atavismo de ser un hijo natural se reiterará con su propio hijo, Pedro Demetrio, a quien no reconocerá. Estas características privadas -y por cierto carentes de respeto por la noción de familia establecida por la santa institución- son las que se destacan en la serie. Nada se menciona de su carrera política: ni su alcaldía, ni su diputación con carácter revolucionario e independentista, ni su capitulación (algo descolorida y vergonzosa) ante los coloniales en el Tratado de Lircay. Por supuesto, no se menciona en absoluto el fin de los títulos de nobleza que O´Higgins reemplaza con la Legión del Mérito (luego Orden al Mérito), que premiará los servicios prestados a la Nación y ya no los méritos de la sangre. Tampoco hay referencias, en la serie de Canal 13, al fin de las monedas acuñadas con la figura del rey de España y la transformación a las monedas nacionales, ni hay mayor énfasis en el hecho –aparentemente secundario- de la firma de la Independencia por este señor. No hay referencia a las constituciones por él suscritas, la reapertura de la Biblioteca Nacional y del Instituto Nacional. No se menciona que hablaba mapudungún y que ello le permitió un vínculo sustantivo con una parte de la población de nuestro territorio que no era común entonces. Nada se dice de su admiración por los mapuches.

Por cierto, su derrota final –de grandes posibilidades literarias- es desaprovechada por el guión. No hay contexto, no se entiende que sus traiciones le conducen a la impopularidad, que un terremoto marca su gobierno y que se ve compelido a un retiro escasamente digno, expresado en la famosa abdicación de O’Higgins, que no deja de tener el tono patético de la derrota y un aire de cierta hermosa dignidad. Más interesante habría sido su postrera postulación a la Presidencia de la República, donde pierde frente a Manuel Bulnes, obteniendo sólo un voto (el voto del honor diría Julio Martínez), mientras espera el resultado desde Perú. Lo cierto es que había bastante que contar. Pero la causalidad entre una vida privada oscura y una vida pública que se destruye es una tentación demasiado grande para no caer en el nombre del padre. A la Iglesia le bastaba su bastardía, la ausencia de una familia bien constituida y con ello construiría la historia perfecta de la caída del político en simple pecador.

Ni hablar de cómo aparece O´Higgins en el resto de las películas de la serie: en Carrera, en Rodríguez, convertido en un miserable manipulador, un sujeto voraz de poder y traición, un adulto infantil, celoso y desquiciado, un secundón de San Martín ya cansado de tanta pequeñez frente a lo imponente de la tarea. Después de ver la serie dan ganas de preguntarse qué historiadores tan imbéciles podemos haber tenido como para haber valorado la obra de un embustero, traidor, sedicioso y tarado. Después de la serie nadie puede entender por qué la avenida principal del país, por qué el Libertador, por qué el Capitán General, por qué tenía que ser O’Higgins. ¿Dónde diablos se habían escondido tantas poderosas verdades que vivimos tan engañados por dos siglos? ¿Dónde estaban los directores de cine y sus guionistas que no nos dijeron antes quién era este sujeto infame que se dice el Padre de la Patria? ¿Cuánto tiempo perdido en Informe Especial que no nos contaron la cruel verdad de un hombre miserable que se hizo pasar por padre de la Patria?

En un misterioso gesto, que aún no logro comprender, la Iglesia (perdón, Canal 13) le hace entrega de todas las medallas al más guapo y valiente de todos los héroes, al único que aparentemente merece tal denominación: Manuel Rodríguez. Su valentía, cultura, fortaleza, popularidad y belleza constituyen los mayores méritos que una teleserie puede soportar. El tono díscolo de su hablar y de sus actos permite que la santa institución le haya perdonado incluso los arrebatos republicanos. Por supuesto, en un gesto que lo transforma en santo sin mediar mayor análisis, la película muestra a Rodríguez aprendiendo del pueblo la fe y adorando a la virgen y a Cristo en su día a día. Rodríguez se ha convertido en cristiano. Su fe republicana se ha teñido con la fe de la mujer noble y hermosa con la que logró una descendencia pletórica de prestigio.

Con Carrera la venganza es menor que con O’Higgins. Se le señala simplemente como un soñador, un iluso, un buen hombre atrapado en sus propias intenciones. No hay referencias a sus actos no tan nobles. Parecía un bebé al que por casualidad le tocó gobernar. Algo parecido pasa con Balmaceda, cuya historia aparece como un relato híbrido, sin claridad, mostrando un hombre mustio y carente de todo liderazgo, escondido y sin capacidad de aprender del coraje y la valentía que la empleada de la embajada donde estaba asilado le mostraba. El liberal iluso no comprendía las grandes verdades de un pueblo endurecido. Su actitud noble con su hijo discapacitado y su triste biografía dan un tono lúgubre a una historia que no tiene nada de historia, salvo la coincidencia de nombre de un personaje llamado Balmaceda que llegó a coincidir con el nombre de un presidente.

En definitiva, entre 1810 y 1820 el relato nos muestra el poder de ‘la mafia’ de la Logia Lautarina. A nadie le dará orgullo que la logia se haya formado en Inglaterra con un nombre en homenaje a los mapuches, pueblo irreductible para los españoles . A nadie le importará que O’Higgins haya impuesto ese nombre en medio de tan insignes hombres que conformaron la Logia y que probablemente no veían a las etnias originarias como la última expresión del progresismo. No hay, en la serie, referencia alguna a la importancia de la Logia para conspirar (sí, obvio) contra el poder instalado de un imperio –decadente, pero imperio- que dominaba toda la región. No hay referencias a lo grandioso de tal obra. ¿Pensarán acaso esos historiadores que había que fundar un partido político e inscribirlo en los registros electorales para lograr la Independencia? A Canal 13 le interesa sólo mostrar las maquinaciones internas, los berrinches de Bernardo Bernardo, una especie de pendejo malcríado; y los asesinatos entre los miembros de la Logia, esos masones mafiosos conspirando contra la Iglesia. El afán libertario, ilustrado, independentista de la Logia Lautarina no tiene ninguna referencia. Hay silencio en el Vaticano.

Pero la venganza de la Iglesia no había llegado muy lejos todavía. La santa institución nos entregó toda su capacidad de evaluar la historia con el relato sobre el perverso de Portales. Un golpe tras otro, Canal 13 y su nueva historia se deshizo de Portales por pecador, miserable, irónico y ambivalente.

Menudo desafío –para mí- el de defender a Portales, el inquietante padre de la institucionalidad presidencialista en Chile, el primer político apolítico con posibilidades de hacer política, el empresario confundido con el gobernante (corrupto por tanto), el civil confundido con el militar. Ni una sola gana había en mí de defenderlo, pero las cosas están tan malas, tan coloniales, que hay que defender a Portales (y a O’Higgins y a Carrera), con el dolor del espíritu democrático, que nunca respetó. Porque Portales nunca fue democrático, pero al menos quería construir una república.

La serie de Canal 13 lo muestra del siguiente modo: depravado, mujeriego, ordinario, machista, ebrio de poder, alcoholizado, intolerante, temeroso de sus muertos, lujurioso, vengativo e insensible. Comete todos los pecados posibles, incluso los estéticos: gusta de las mujeres limeñas, no de las santiaguinas, de las que reniega por feas. Con esa escena, ya Canal 13 le había asegurado el odio de la mitad de la población a Portales.

Es cierto que Portales puede apelar a algo en su defensa en medio de esta historia cristiana: a la pérdida de fe por la muerte de sus hijas y su primera mujer. Ese evento parece endurecerlo y todo cambia desde allí, dice esta historia. Su encono con Dios toma dimensiones gigantescas: “yo sí sé lo que es pedirle ayuda a dios y que éste jamás haya escuchado” o “nuestro señor dios prefiere el silencio a veces” son las versiones blandas de lo que llegará a ser la escena consular del filme. Es la escena donde vemos a Portales en medio de una capilla, mirando a Cristo, desafiante. Y comenzará un soliloquio con Dios que sólo tiene parangón en la historia del cine con la película El Anticristo, cuando éste insulta una estatua de Cristo crucificado. Portales comienza su discurso con un tono apagado, pero terminará gritando:

“deja que yo hable, tú ya has hablado demasiado. Deja que sea yo quien termine con todo esto. Si tuviera el poder y la fuerza no dudes que lucharía contigo. No entiendo tus caminos, no entiendo tus designios, me escogiste para ensañarte conmigo y con mi familia. Mataste a mis hijas y a mi mujer. ¿En qué he pecado? ¿Qué daño he cometido para que me castigues de esta manera? No vas a contestar. Te quedarás mudo y distante, como siempre lo has estado de mí. Seré fuerte, seré duro como un roble y conocerás de mí, dios, ¡lo juro! ¡Conocerás de un hombre impío llamado Diego Portales que jamás volverá a pronunciar tu nombre!” (extracto Capítulo “Portales: la fuerza de los hechos”, Serie “Héroes” de Canal 13).

Tremendo logro histórico. Tal vez los historiadores de Canal 13 han tenido acceso al archivo que documenta esta escena. Seguramente hay una grabación en video. De ese modo podrían estar seguros de que esa conversación de Portales con Dios era exactamente así. Pero claro, soy un hombre de poca fe. Hay una forma de enterarse que no había contemplado: Dios mismo -uno de los protagonistas de la escena- puede haber relatado esto mediante algún iluminado historiador que, en los muros del Campus Oriente, haya tomado contacto con Él.

Lo cierto es que esta escena lo explicará todo. Portales ha perdido la fe y está perdido. Eso es todo, así de simple. Ya no hay política, no hay historia, sólo los avatares de un hombre que perdió el camino de la moral por un dolor mal llevado. La falta de fe, claro, eso era, siempre lo explica todo. De ahí en adelante todo será decadencia, crapulencia, incapacidad de amar.

La película transcurre con Portales y Necochea conversando en el carruaje que los lleva a la muerte. Necochea aparece como un hombre razonable, que no entiende la mala vida privada que Portales ha llevado: “francamente no entiendo cómo usted le ha hecho tres hijos y no se ha casada con ella. Esa no es la actitud de un hombre de Estado… Es intrigante que un hombre probo, recto, como usted, tuerza el camino de esa manera” dice Necochea, quien insiste en que “el pueblo le pierde el respeto a la autoridad (pues)
la gente no confía en un hombre que no acepta a sus hijos”. Pero la única respuesta de Portales será pérfida, una verdadera herida sangrante: “yo acepto a mis hijos, como acepto a los hijos de esta nación bastarda” (extracto Capítulo “Portales: la fuerza de los hechos”, Serie “Héroes” de Canal 13).

Pero el personaje Portales seguirá destilando maledicencia en cada frase, cada palabra insultante sobre Chile: “alguien tenía que tomar las riendas de este país, enfermo de flojera y alcohol” dice Portales, argumentando que no pudo tomar el camino fácil del matrimonio, pues “puse la patria ante todo”. Sin embargo, el director de la serie no parece creerle demasiado, pues se le ve entonces –mientras habla de la patria y señala que la puso ante todo- besando pecaminosamente (entre los pechos) a la madre de sus hijos no reconocidos. Esa escena, lo digo desde ya, no la tolera personaje histórico alguno sin recibir el peor abucheo. Imaginen cualquier variante. Es lo que hoy se conoce como un asesinato de imagen. Burdo y efectivo.

Pero la caída no se acaba. Portales será un hombre que justificará con razones de Estado sus debilidades morales, que quemará como ministro el prostíbulo en el que disfrutaba como hombre. Portales ha perdido todo tino, toda regla, todo sentido. Ya no le quedará ni la piedad, esa virtud de las casta sacerdotal: “esto es el futuro (…) Un ministro que muestra piedad no es un ministro que se preocupa por el bien de la patria. ¡Voy a quemar toda esta mierda!”, dirá mientras quema el prostíbulo que solía visitar.

Su discurso final es sólo una muestra de que el balazo que acabará con su vida es casi purificador. Su desamor a la patria, en primer lugar:

“este país está dominado por gente baja, pequeña y corrupta. He llegado a pensar que la raza que ha germinado de la cruza de españoles e indígenas es devastadora. En su sangre está la desidia y la corrupción”

“ya me cansé de ver esta tierra yerma”


Su dureza y crueldad, en segundo lugar, solidifican el aire purificador de su muerte:

“debí ser mucho más duro, limpiar a fondo este país, matarlos con mis propias manos, me faltó coraje para deshacerme de tanto roto malagestado, debí construir un paredón gigante para matarlos a todos”

“tal vez me arrepienta de no haber hecho más cárceles, de no haber mandado a la cárcel a más delincuentes. La patria es un gran sacrificio y no debemos arrepentirnos de lo que hacemos por ella”

Son todas citas de este hombre caído. Se pierde en el relato el verdadero Portales, quizás hasta más interesante. En precursor en la estirpe que llega a la política desde los negocios en Chile, el traficante de influencias, el hombre que no quiso ser Presidente de Chile porque consideraba que la vida privada de un mandatario debía ser impoluta y no era su caso. Nada se dice de su participación en el origen de la Guerra con la Confederación Perú Boliviana ni de su importancia en ese conflicto. Nada se dice de su ambivalencia institucional, pues mientras quería tener un censo en Chile, también decía que la Constitución había que violarla cuando fuera necesario. No se cuenta tampoco de sus jornadas de trabajo inagotables, de su renuncia al pago por su cargo, de su transformación de los Intendentes que dura hasta hoy, ni se señala nada de su contrato a Claudio Gay, el naturalista francés. Y, para terminar, no se cuenta que fue Portales mismo el que tomó los bienes confiscados a la Iglesia durante la Independencia y se los devolvió a la santa institución. Más aún, reestableció el diezmo. Sin embargo, era difícil citar semejante pasaje, ya que habría que haber reiterado la frase –sublime- con la que fundamentó la decisión ante Mariano Egaña: “es que usted cree en Dios (…) y yo creo en los curas”, en referencia a la institución sólida y ancestral que podía ayudar al orden del país, esto es, en referencia lisa y llana a los intereses de la Iglesia en el mundo y no fuera de él.

Pero lo más sublime de la película sobre Portales es la banda sonora. El sonido de la obra marcará la intensidad de la venganza, ya casi incomprensible por su enormidad. Se utilizará una línea melódica muy semejante a la de El Padrino, la famosa serie de películas sobre la mafia italiana en Estados Unidos. Así de grave pasaba a ser no haber reconocido a los hijos.

Varios mensajes deja la serie. En primer lugar, que son mafias las que construyen la República de Chile. Nada se dice de la Colonia, nada se dice de los coloniales. Más allá de ser extranjeros, no parecen tener ningún demérito. Nuestros ‘héroes’, en cambio, están todos caídos, destruidos, moralmente incapacitados. En segundo lugar, es también un mensaje de la serie que tenemos los valores mal puestos con los héroes, que la República fue hija de la traición, el odio y el pecado; que sólo vieron la luz los que caminaron al lado del pueblo creyente (Rodríguez) y que la Logia Lautarina, los conservadores sin fe (Portales) o los liberales (Balmaceda) tienen igual de perdido el rumbo, ya sea por traición los primeros, por pecado el segundo y por falta de sustancia el tercero. Amén. Y que Dios los haya perdonado.

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