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Columna G80: Dauno Tótoro Taulis : Prólogo a la edición chilena de GAZA (Seguimos siendo humanos) de Vittorio Arrigoni
Columnas
2014-07-29
2730 lecturas

Dauno Tótoro Taulis
especial para G80

Prólogo a la edición chilena de GAZA (Seguimos siendo humanos) de Vittorio Arrigoni

Es imposible que usted no haya estado al tanto, ya sea porque le interesa, porque le duele, porque le indigna, o porque por casualidad, entre la tanda comercial y el inicio del programa de moda, algo vio o escuchó al pasar: hay un sitio en el mundo llamado Gaza.

También es probable que crea lo que dicen, que ahí se desarrolla una guerra.

Pero esta es una guerra extraña, una guerra desprovista de todo sentido ético, en la que aquellos del bando con mayor poder de fuego difaman a sus víctimas acusándolas de provocar la crueldad connatural al uso de las armas; una guerra en la que la víctima es culpada, en un intento por hacer digerible el horror de lo que de cualquier modo es un crimen; una guerra viciada en la que en el bando de los más débiles, gran parte de los protagonistas de cada enfrentamiento son niños, y en la que cada nueva víctima, transmutada en mártir, llama a nuevas potenciales bajas a exponerse ante las balas.

Los miembros del equipo de Ceibo, editores de este libro de crónicas del italiano Vittorio Arrigoni, asesinado en Palestina, estuvimos ahí hace algunos años, durante la Intifada de Al-Aqsa, realizando un documental.

Como al resto de la humanidad, se nos había acostumbrado a creer que todo aquello que veríamos no era más que una permanente e irremediable mala noticia. Las imágenes acostumbradas eran de turba, de piedras lanzadas por niños contra tanques, de sangre. Pero, nos preguntamos, ¿qué hay entre los tanques y los manifestantes? ¿Qué se esconde en ese espacio oscuro, obviado por todos, silenciado?¿Cómo es la Palestina que crece y muere en ese abismo? ¿Escenario de una guerra santa? ¿Campo de batalla de las fuerzas del bien enfrentadas al mal? ¿Una roca, un muro, un templo? ¿Expresión de la cólera divina?

La verdad es que una vez que se conoce el mapa de la Palestina diseñada por Israel, es fácil comprender que un porcentaje importante de la población se niegue a aceptar las exigencias para la paz que impone el ocupante, pues perciben oculta en aquella intención otra más dramática: la de convertir a los palestinos en “buenos nativos”, habitantes de Bantustanes aislados bajo un verdadero sistema de apartheid, forzados a la sumisión y al olvido. Para saber lo que es vivir bajo una ocupación, es necesario vivir la ocupación, la humillación y el hostigamiento de cada minuto; el agua, la electricidad, la economía, la libertad de tránsito, la libertad de expresión, el uso y propiedad de la tierra, la vida y la muerte... todo controlado por una fuerza militar extranjera.

La casa propia, la “patria” (llámela como quiera), es un campo de refugiados permanente.

El exilio al interior de las propias fronteras de Palestina es un drama que se reproduce, generación tras generación, desde hace 65 años. Se nace refugiado para tener hijos y nietos refugiados. Y es en Gaza donde la presión ejercida de modo sistemático sobre el pueblo palestino se hace sentir de modo más claro y dramático. Aquí no se trata sólo de hacinamiento y pobreza, no es la mera nostalgia por sitios abandonados a la fuerza hace más de medio siglo. Aquí la sombra de la violencia irracional cobra víctimas de modo despiadado y constante.

Franja de Gaza, tierra dura y salina de 40 kilómetros de largo por nueve de ancho, completamente cercada por gruesos murallones de concreto, alambres de púa y campos minados; una estrecha franja costera de 360 kilómetros cuadrados poblada con una densidad como la de ningún otro sitio del planeta, pero donde parece no haber nadie. Ni un alma en la larga costa de blancas arenas. Ni pescadores, ni niños jugando en las olas. Nadie en la playa. Está prohibido. Quien se atreva a pisar sus arenas puede ser acribillado por las poderosas ametralladoras de las patrulleras israelíes que surcan las aguas costeras.

Una de las imágenes captadas por nuestra cámara en la localidad de Kan-Yunis, en la Franja de Gaza.

El joven que aparece en ella tenía, para entonces, unos 19 años de edad, una bala incrustada en su fémur derecho y la rodilla izquierda destrozada por las esquirlas de una granada. La pequeña que vemos en la fotografía que sostiene él era su hija de cuatro meses de edad. La pequeña había muerto el día anterior. Una bala disparada por un fusil de alto calibre le había atravesado el cráneo y luego había seguido su trayectoria, destrozando el corazón de su madre de 17 años, que la sostenía en brazos, tratando de mantenerla a salvo del ataque de la infantería de asalto israelí. En el momento de captura de esta imagen, los cuerpos de la madre y de la hija reposaban en un cajón de madera a los pies del padre.

Con un poco más de atención, notará que detrás del joven se ve a otras personas. Todos se encuentran bajo lo que era un gran toldo de malla sombra, dispuesta para proteger a los deudos durante un funeral colectivo. Allá atrás, hacia los costados y a espaldas de quien registró esta toma, había varios otros personajes sosteniendo fotografías similares y, a los pies de estos otros, se encontraban otros cajones y otros cadáveres. Ninguno de los caídos portaba uniforme ni armas. La verdad es que casi todos eran niños. La verdad es que no estaban atentando contra Israel. La verdad es que esta no es ninguna puta guerra.

Hoy, al momento del cierre de la edición de este libro, las agencias internacionales reportan más de un millar de civiles, muchos de ellos niños, muertos durante una nueva operación militar –aérea y terrestre- desplegada por Israel. Creo que la operación se llama “plomo fundido”, o “margen protector”. No es algo muy poético.

Alguien, con más sentido humano, nos recitó lo siguiente mientras estábamos en Rafha, en el extremo sur de la Franja de Gaza:
El otoño pasaba por mis carnes
Lo mismo que un entierro de naranjas,
Como luna de cobre destrozada
Por piedras y arenales.
Y, sobre las entrañas de los hombres,
Allá en mi corazón,
Caían los niños.
A mis ojos hería todo el terror,
Todo eso que no puede decirse,
Y allí, desde la sangre derramada,
¡Ven!... ¡Ven!... ¡Ven!

¡Ay, Kufr Qasim!
¡Caín ya no es mi hermano!

Dauno Tótoro T.
Ceibo Ediciones

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