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Columna G80: Dauno Tótoro Taulis : Presentación de “Allende: Yo no me rendiré”
Columnas
2013-09-14
2972 lecturas

Dauno Tótoro Taulis
especial para G80

Presentación de “Allende: Yo no me rendiré”

A pesar de todo, la discusión acerca de si la muerte de Salvador Allende se debió al suicidio, al asesinato o a la caída en combate, no es baladí. No lo es, siquiera, cuarenta años después de ocurrida, pues en esa forma puede encontrarse un fondo.

Más allá de cuán fuerte haya calado en la masa la versión que relata la Historia Oficial (Allende se suicida para evitar ser sacado con vida del palacio de La Moneda, cumpliendo de este modo con su palabra), quienes adhieran a alguna de las tesis lo harán (cuando no sea por la certeza ficticia que genera la repetición de una historia oficial), por alguna otra razón de peso y significado.

El suicidio como acto de cobardía para algunos o de martirologio para otros; el asesinato como un proceso judicial abierto (el magnicidio no prescribe) o una demostración de la bajeza del enemigo; la caída en combate como una irresponsabilidad histórica o una épica de connotaciones heroicas.

Durante la preparación de este libro, en el proceso que ha correspondido a Ceibo Ediciones luego del término de la investigación realizada por sus autores, nos hemos enfrentado a un argumento reiterado: no habría diferencia entre la bala disparada por Allende en su contra, con la de algún militar; en ambos casos el Presidente combatió. Nuestra intención al hacernos cargo de la difusión de la tesis que sustentan Marín y Ravanal, no es discutir el valor del suicidio versus el del fuego cruzado. Esa es materia del futuro, después que se despeje la duda acerca de la verdad de los hechos.

Por qué consideramos importante esta discusión actual?

Primero: porque Salvador Allende tomó una decisión y esta puede haber sido la de inmolarse en el instante final, o la de caer disparando al enemigo. Sea como fuere, la decisión fue de él y deberá llegarse hasta las últimas consecuencias para determinar cuál de las dos es la verdadera, en honor a su memoria.
Segundo: porque en los últimos 40 años, del mismo modo en que se han perfeccionado las técnicas y ciencias forenses, el ciudadano con acceso a la literatura, a la televisión, al cine, a los periódicos, ha entendido que en todo caso con resultado de muerte hay sospechosos, motivaciones, oportunidad, testigos, coartadas, armas homicidas y consecuencias. Así, socializada la jerga policial, entendemos que los sospechosos son quienes se encontraban en la escena del crimen; que las motivaciones eran las de detener un proceso social mediante el uso de la fuerza; que la oportunidad era inmejorable por encontrarse el escenario del crimen entre cuatro paredes, cubierto de humo y bajo control de los sospechosos; que los testigos, por tanto, eran fácilmente manipulables; que para armas homicidas había donde elegir; y que las consecuencias podían variar notablemente, dependiendo de cuán sólido fuera el relato de los hechos y cuán demostrables las coartadas.

Y, tercero: porque tras el hecho del pasado se yergue lo que es un pueblo en su futuro. Tomando conceptos del Premio Nobel de Literatura, Elías Canetti, la dinámica de la guerra se presenta en su origen de este modo: de la lamentación colectiva en torno al primer muerto, se forma una voluntad de guerra que debe vengarlo. La importancia del primer muerto como desencadenante de las guerras es fundamental. Es el primer muerto el que debe transmitir a todos la sensación de amenaza o lamentación. Si este primer muerto es responsabilidad de la acción del enemigo, si ha perecido como miembro del grupo al que uno mismo pertenece, la muta de lamentación rápidamente actúa como cristal de masa y todos los miembros de ese grupo transforman su pensar y su sentir desde la lamentación hacia la guerra. Cuando esta primera muerte no alcanza a ser percibida de este modo, si se instala colectivamente la duda acerca de su deceso, difícilmente puede el bando amenazado trasponer la muta de lamentación y soportará con resignación la repartición que del botín hagan los vencedores. Las sociedades que se jactan de haber alcanzado cierto grado de civilización se limitan a la exhibición de los enemigos prisioneros. Otras, que nos parecen más bárbaras, exigen más: quieren asistir a la disminución del enemigo como colectividad congregada, ya sin la sensación de amenaza inmediata. De ahí las ejecuciones y tormentos públicos de prisioneros.

Las religiones de lamentación han marcado la faz de la Tierra. En el cristianismo han alcanzado una especie de validez universal. La leyenda en torno a la cual se forman es la de un hombre que pereció injustamente. A su muerte se constituye una muta de lamentación particular: el muerto ha fallecido por amor a los hombres que lo lloran. ¿Por qué son tantos los que se suman al lamento? ¿En qué reside su atractivo? En todos los que se le adhieren se produce el mismo fenómeno: la voluntad de caza, de acoso o de resistencia se redime transformándose en una muta de lamentación. Se adhieren pues a alguien que muere por ellos y, al lamentarse por él, se sienten a su vez perseguidos y salvados a la vez.

Con la mano en el corazón, en este Chile que hoy habitamos, ¿a quiénes y a qué ideas beneficia la imagen del Presidente mártir que se suicida para cargar consigo las culpas de otros y lavar con su sangre bendita la vergüenza de un país convertido en matadero y supermercado? Por el contrario ¿qué significado, qué lectura arrojaría la imagen de un Presidente que combate hasta caer fulminado por una bala enemiga, cumpliendo su compromiso de no rendirse ante la traición interna y la intervención foránea?

Dauno Tótoro Taulis
Palabras en la presentación del libro “Allende: Yo no me rendiré”, investigación histórica y forense que descarta el suicidio de Nelson Ravanal y Francisco Marín

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