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Columna G80: Sergio Grez : González Vera: de muchacho anarquista a hombre de izquierda<b>*</b>
Columnas
2013-08-14
2102 lecturas

Sergio Grez
especial para G80

González Vera: de muchacho anarquista a hombre de izquierda*

INTRODUCCIÓN

Cuando se escribe o se habla de José Santos González Vera, es un lugar común referirse a su condición de anarquista sin mayores precisiones acerca de la profundidad, alcance y duración de su compromiso con “la Idea” libertaria. Admiradores y detractores, exégetas, críticos, literatos, historiadores, periodistas, tesistas, compiladores de sus escritos de prensa y un sinfín de estudiosos de su obra han coincidido en subrayar el anarquismo como el rasgo político ideológico central de su existencia, desde los primeros años de la adolescencia hasta su muerte. Si bien dicha afirmación contiene elementos de verdad, puesto que las trazas de su actividad en la corriente ácrata chilena en la segunda década y la primera mitad de la tercera década del siglo XX son numerosas, y ello coincide, además, con su propio testimonio, no es menos cierto que, como veremos a continuación, el anarquismo de González Vera a partir de la segunda mitad de los años 20 queda en entredicho si se analizan con atención numerosas fuentes relacionadas con este escritor.


MUCHACHO ANARQUISTA

Probablemente la primera vez que José Santos González Vera se enteró de que existía la palabra “anarquista” fue siendo un niño de corta edad, cuando escuchó que su padre, ateo o librepensador profundamente anticlerical y recientemente afiliado al Partido Radical, le dijo a modo de elogio a su hermano Efraín, por quien tenía debilidad: “¡Mi hijo será anarquista!”. No obstante, cuando años más tarde, al salir de la adolescencia, el futuro Premio Nacional de Literatura le confesó a su padre que era ácrata, este se desagradó ya que hubiese preferido que fuera socialista, “porque en un partido, aseguró, una persona asciende” (Cuando 44).

Como suele ocurrir en la formación política de cualquier persona, en González Vera confluyeron muchos factores para que en sus años de adolescente y de adulto joven adhiriera fervorosamente al proyecto anarquista. Como marco general tiene que haber pesado el contexto social y político de la época (los años inmediatamente posteriores al Centenario de la Independencia nacional), de profundas conmociones provocadas por crisis económicas y de decadencia de la República Parlamentaria oligárquica con sus correlatos de agravación de los males de la “cuestión social” y de ascenso del movimiento obrero. Ligado a este último fenómeno y estimulando su radicalización, emergían corrientes más radicales que las tradicionales tendencias mutualista y demócrata que habían hegemonizado casi sin contrapeso el movimiento de los trabajadores hasta comienzos del siglo XX. Los anarquistas se destacaban particularmente por su bullada aparición en los últimos años del siglo precedente, por su participación no menos retumbante en algunos conflictos sociales en la alborada del nuevo siglo, y por una profusa y esforzada labor de publicación de periódicos y panfletos, de creación de sociedades de resistencia, ateneos obreros, centros de estudios sociales, de impulso a huelgas y manifestaciones de protesta y un cúmulo de actividades que intentaban encarnar los ideales de la acracia en la “región chilena”1.

También tienen que haber influido en la definición política de José Santos factores más directos e inmediatos como su entorno familiar y social (recordemos que su familia era muy representativa de los estratos más modestos de una clase media baja de origen rural avecindada en la capital en los primeros años del siglo), sus amistades y relaciones sociales y una serie de experiencias de vida que él mismo relató después en diversos escritos, especialmente en el libro Cuando era muchacho. En la capital, su familia se instaló en el viejo barrio de La Chimba, por cuyas arterias –Recoleta, Independencia, Maruri, Rivera, Vivaceta– transcurrieron los últimos años de la infancia y los de la adolescencia de González Vera.

En las viejas casonas y conventillos del sector habitaba una heterogénea masa popular compuesta por obreros, artesanos, pequeños comerciantes, modestísimos empleados, taberneros, mendigos y delincuentes. Algunos párrafos de la pluma del escritor nos entregan una imagen muy fresca de lo que era ese mundo y esas calles en las primeras décadas del siglo XX:
En marzo fui admitido en la segunda preparatoria del Liceo Santiago. Sin per- juicio de estudiar, vagué por el barrio y no dejé rincón sin conocer. Existían calles formadas únicamente de conventillos, que se comunicaban por el interior y permitían hacer viajes pintorescos, sabiendo orientarse en la red de puertas y pasajes. [...]

En Rivera hay una iglesia que se continúa en un convento de altos muros y se extiende hasta Fermín Vivaceta y tuerce a la derecha otra larga cuadra. Casi alcanza a Retiro. Por Vivaceta hay una puerta descomunal, maltratada por el golpeteo de los pedigüeños. A mediodía un fraile dejábala franca y se apostaba ante un fondo de sopa. Una treintena de harapientos ponían sus ollas y el lego las llenaba sin decir palabra. Apenas los pedigüeños se dispersaban, venía el cierre del portón. Durante minutos sentíase el ruido de barras y de trancas.

Así los piadosos habitantes protegíanse de latrocinios y demasías.

Vivaceta o el callejón de las Hornillas, contaba con apreciable número de cantinas. Hacia el poniente había calles sin urbanizar en donde se guarnecían incontables cuchilleros. Dábaseles ese nombre no por hacer cuchillos, sino por emplearlos, a menudo, en abrir el vientre de sus semejantes, a los cuales también robaban.

No moría gente cada día, pero sí cada semana o cada mes (Cuando 53).
Durante su estadía en el Liceo, José Santos hizo gala en más de una ocasión de su carácter rebelde y contestatario. Su padre consiguió que lo eximieran de la asignatura de religión, pero por iniciativa propia, el muchacho empezó a saltarse las clases que no eran de su agrado o que le parecían inútiles: caligrafía, gimnasia y canto. Al poco tiempo, sus problemas de conducta lo pusieron al borde de la expulsión. Podría haber evitado una medida tan drástica, bastaba una pequeña súplica para lograrlo ya que sus notas eran buenas en los demás ramos. Por firmeza de carácter o acto irreflexivo no lo hizo. Fue expulsado cuando aún no terminaba de cursar el primer año de Humanidades (equivalente al 7° Básico actual). “¡Ahora trabajarás!” fue la sentencia simple e inapelable de su padre (Cuando 72-79).

El niño rebelde pasó rápidamente a formar parte activa de la clase trabajadora. Fue ayudante de pintor de brocha gorda, ayudante de buscador de antigüedades, mozo en varias sastrerías, en una casa de remates y en la oficina de una fundición, lustrador de botas en el Club de Septiembre y luego mozo de la biblioteca del mismo club. Más tarde tuvo una fugaz experiencia como aprendiz de una barbería cuyo propietario era Gualterio Stones, un anarquista hijo de ingleses. Enseguida fue aprendiz de zapatero en el taller de otro ácrata, el viejo Manuel Antonio Silva, y cuando el trabajo escaseó en ese lugar se trasladó al taller del zapatero Nicolás Navarrete, simpatizante anarquista. Ya más crecido, gracias a sus inclinaciones literarias y al contacto con intelectuales bohemios como José Domingo Gómez Rojas, se convirtió en administrador de la revista Selva lírica y en su principal vendedor. Luego fue editor de una revista propia, La Pluma, de efímera existencia, corresponsal de un diario provinciano, mozo de una clínica, cobrador de tranvías en Valparaíso, redactor de un periódico en Temuco, cronista de un diario en Valdivia y empleado en una fundición en la misma ciudad, para rematar su itinerario de trabajador manual o en oficios de poca monta entre mediados de los años 20 y 1932 como ayudante de corrector de pruebas en la imprenta de la Penitenciaría de Santiago y, finalmente, vendedor de una peletería (Cuando 78–271).

El trabajo asalariado, el contacto con la cruda realidad social y las relaciones con numerosos elementos anarquistas que pululaban en los sectores donde transcurrió su vida adolescente y juvenil, se sumaron al anticlericalismo heredado de su padre para conformar su primera adscripción política, la más conocida, decidida y clara de su existencia. Con el paso de los años el escritor tomaría distancia crítica frente a su propio proceso de definiciones ideológicas, que analizaría con notable honestidad. Respecto de sus sentimientos frente a la religión y sus instituciones diría que el origen de su anticlericalismo, aparte de la admiración que sentía por su padre, no tenía bases sólidas porque aún carecía de experiencia para sentirlo con convicción, y el ateísmo que de ello derivó a muy temprana edad había sido “recitativo y prematuro”, agregando que, no obstante ello, al sentirse afligido no podía redimirse sino invocando el nombre de Dios... (Cuando 62).

Con todo, por aquella época, cuando aún era estudiante y durante los años en que se desempeñó en diferentes oficios como trabajador no calificado, José Santos reafirmó sus convicciones antireligiosas y anticlericales. Por encargo de un amigo del patrón de una fundición en la que se empleó cierto tiempo, se abocó a repartir La Linterna, periódico anticlerical, lo que le permitió conocer, entre otros, al anarquista Juan Gandulfo, estudiante de Medicina que poco después desempeñaría un destaca- do papel en la directiva de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH). En 1913, cuando aún no cumplía los dieciséis años de edad, José Santos participó de las combativas manifestaciones contra la venida a Chile del Internuncio Papal Monseñor Sibilia, escuchó las conferencias de la librepensadora feminista es- pañola Belén de Zárraga, de marcado tinte anticlerical, y participó en las tumultuosas manifestaciones en su apoyo en las que se mezclaban ateos, masones, librepensadores, ácratas y socialistas (Cuando 103-104, 108-112).

Respecto de su también temprano anarquismo González Vera no sería tan explícito en sus confesiones y balances de la madurez, pero, como veremos más adelante, también los años temperaron esta adhesión situándolo en un área política, la de una izquierda genérica y no partidaria, que en realidad poco tenía que ver con los preceptos de la acracia.

Pero, por ahora es necesario continuar la reconstrucción y análisis de su recorrido en las filas de los partidarios de “la Idea” libertaria.

Tanto por sus contactos con los medios anticlericales como por el ejercicio de ciertos oficios manuales y su hábitat (míseros conventillos), José Santos se familiarizó con militantes y simpatizantes anarquistas, especialmente obreros y artesanos. Uno de ellos era el pintor Valdebenito, quien lo llevó a escuchar a Belén de Zárraga; otro fue el zapatero Manuel Antonio Silva, pero, según su propio testimonio, quien ejerció mayor influencia en su definición ideológica fue su maestro, el zapatero Augusto Pinto: “Nos unía la más profunda afinidad y cuanto él decía encontraba en mí eco perdurable. Siempre estábamos imaginando, detalle a detalle, la organización futura, la anárquica, la de los iguales” (Eutrapelia 69-70). Por aquella época, 1913-1914, González Vera se incorporó decididamente a trabajar por “la Causa”. Domingo por medio, cuando no tenía turno de trabajo hasta la noche, y más tarde, todos los domingos, asistía a las conferencias y actividades del Centro de Estudios Sociales Francisco Ferrer, de la capital, donde vio por primera vez al joven poeta ácrata José Domingo Gómez Rojas, con quien llegaría a establecer amistad no exenta de un sentimiento de gran admiración (Cuando 118 y 119-122-123, 145). Su gran amistad de casi toda la vida con el también entonces joven anarquista y literato Manuel Rojas data de la misma época.

De regreso de una breve estadía en Valparaíso donde trabajó como cobrador de tranvías, comenzó a tener un contacto más estrecho con Gómez Rojas y empezó a leer, entre otros a Kropotkin (Eutrapelia 76-80). Según el testimonio del propio González Vera, escrito varias décadas más tarde, su formación político-ideológica ácrata comenzada entonces de manera más sistemática tuvo las características de devoción, rigidez, dogmatismo y exclusivismo característico de los recién convertidos a un evangelio (sea este religioso o de redención social):
Me cuidé de no leer tratado alguno que contrariase mis ideas. Habíalas acogido con fervor, con religiosidad, tal si fueran dogmas. Creía haber descubierto la verdad y sentía por mis semejantes un piadoso desdén. ¿Qué les impedía ver lo que yo veía y pensar como yo pensaba? De Kropotkin pasé a otros rusos y, en seguida –sin percatarme– a los franceses, los nórdicos, los españoles, a cuantos tenían como horizonte la mejora social (Eutrapelia 80-81).
Leer artículo completo como pdf en analesliteraturachilena.cl

1 Sergio Grez Toso. Los anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de “la Idea” en Chile (1893-1915). Santiago: Lom Ediciones, 2007.

* Agradezco a Tamara Ortega Uribe su colaboración en la búsqueda de fuentes para este artículo.


Sergio Grez Toso

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