Columnas
2012-09-02
2153 lecturas

Eugenia Prado Bassi
especial para G80

Las imágenes se asoman y nuestras preguntas crecen...

Hoy, somos cada vez más los que nos vamos llenando de preguntas. ¿Cuánto dinero invierte el Estado chileno para aplacar las legítimas demandas de la gente? ¿Cuánto en sus guanacos, armas químicas, gases y bombas lacrimógenas que, sabemos, se prohíben en la mayoría de los países del mundo y se fabrican exclusivamente para Chile? ¿Cuánto en una fuerza policial adiestrada y desmedida que arrastra su furia por las calles para reprimirnos? ¿Cuántos de los represores; carabineros y militares, toquetean y humillan a las jóvenes estudiantes que protestan en las calles? ¿Cuáles serán los perjuicios de la nueva Ley de reforma tributaria, o más bien, cuántos diputados traicionaron sus acuerdos votando a su favor en el Congreso, el mismo día que cientos y miles de jóvenes estudiantes protestaban en las calles? El mismo día que Camila Vallejo emplazó al Ejecutivo y a la oposición a “ponerse los pantalones y hacerse responsables de lo que está demandando la ciudadanía, que es educación garantizada como un derecho y una real reforma tributaria que permita un cambio estructural a nuestro sistema de recaudación y distribución de impuestos”.

¿Cuáles son sus transas secretas, intercambios y negociaciones en la base militar instalada en el Fuerte Aguayo de Concón, financiado –dicen–, por las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, con un costo de miles de dólares? ¿Cuál será el costo que todos, chilenos y chilenas, tendremos que pagar? ¿Cuánto invertirá la derecha fascista en la tramitación de la Ley Hinzpeter creada para favorecer aún más la militarización de carabineros en el Wall Mapu, pero también para acallar y reprimir las exigencias, en protestas y manifestaciones, a lo largo de todo el territorio? ¿Cuánto gasta el Estado chileno en sus ejercicios de guerra y muerte, en sus adiestramientos a carabineros y a la fuerza policial para agredir no solo al pueblo mapuche, sino que también a los estudiantes, profesores, trabajadores, mujeres, minorías sexuales, niños y niñas, y a todos los que manifestamos un amplio descontento en esta supuesta democracia?

Y así, nuestras preguntas se extienden a lo largo de la historia. ¿Cuántos agentes y funcionarios públicos, leales al régimen de Pinochet, votaron varias veces para facilitar el triunfo del "Sí" en la constitución fraudulenta del ‘80? ¿Cuánto dinero público y privado financió las operaciones de la DINA y de la CNI para matar y torturar a miles de chilenos y chilenas? ¿Cuántos muertos y desaparecidos? ¿Cuánto el dolor de la fisura, una herida que no cierra por más de largos treinta años, y que desde hace muy poco, pareciera al fin, que empieza a cicatrizar? ¿Cuánto más escondido, solapado y aberrante se esconde en los que aún tienen el poder?

Las imágenes se asoman por cada espacio de realidad, entre una fuerza opresiva y brutal y las emociones de la gente, lejos del precio que se transa en la operatoria oficial de la compraventa, regulado por un enemigo tan pobre que lo único que tiene es dinero. Las imágenes de realidad son poderosas, peligrosas, porque espejean nuestras resistencias y nos aglutinan, nos convocan contra ese poder implacable alojado en las esferas minoritarias. Hoy sabemos de sus repartijas de territorios y de bienes, reconocemos sus discursos de religiones nefastas y sus conveniencias cuando nos heredaron el reino de los cielos para que en la tierra el control de las ganancias se negociara en manos de esos pocos, los mismos, los de siempre, extendiéndose por generaciones.

A través de todos esos fragmentos de realidad que se suman recortados y pegoteados en las redes, múltiples y diversos territorios se despliegan en abundantes imágenes desde las nuevas formas de registro digitales y de comunicación. A través de las imágenes hoy sabemos que la opresión y el abuso están por todas partes, y lo sabemos no por los relatos de la historia que nos enseñaron, sino a través de la experiencia. Ahora, con la misma eficacia de las ciencias políticas, a través de la experiencia personal se construyen narrativas y relatos para sacudirnos aquellos imaginarios fantasmales con que nos manejaron desde una posición opresiva, injusta, validada por el poder, el dinero y los medios oficiales para perpetuarse.

Extenuados por la compra venta reconocemos el maltrato persistente y sistemático sobre nuestros cuerpos, entre los frotes y refrotes de la máquina. Reconocemos nuestra historia de pueblo castigado; nuestras muertes, las humillaciones y el desprecio; las carencias y los abusos, conscientes que a través de la experiencia colectiva los movimientos se amplían, crecen y se fortalecen y con ello también las ganas de que esto finalmente termine, cambie o, tal vez, esperar hasta que las furias contenidas se liberen. Lo patético es que parecieran no darse cuenta de cómo están siendo desenmascarados por los jóvenes que ya no temen, ni se hipnotizan con sus puestas en escena. Puestos en su lugar, hoy podemos verlos en sus tics, sus miserias, verlos cuando se acomodan y negocian, muchas veces vulgares y tan comunes y corrientes, lejos de las místicas y épicas de los antiguos héroes.

Con la llegada de las nuevas tecnologías y el acceso a los registros en tiempo real, las políticas y micropolíticas de la experiencia reúnen los datos difusos de los acontecimientos históricos con los procesos íntimos, personales, psicológicos.

Ahora, es tiempo de decir basta, indignados al fin, nos enteramos de cada cosa que no está funcionando y de cómo hemos sido violentados y sometidos por demasiado tiempo a una cruenta realidad. Hoy somos la resistencia, la certeza y la conciencia, una fuerza frente a esos pocos tan pobres que solo tienen dinero.

Eugenia Prado Bassi, escritora. Septiembre de 2012

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